2.9.16

Diga 33.

He dormido poco, bien, profundamente, pero poco.
Ayer a las doce en punto mi pareja me felicitó y me hizo unos regalos increíbles, como si vivir conmigo y aguantar mis neuras fuera poco regalo. Mi perro, que no tiene ni idea de qué pasa, básicamente porque es un perro y de esto entienden más bien poco, se acercó a que le acariciase antes de meternos en la cama, restregando su cabeza contra mi pierna y mirándome con el hocico muy cerca, su particular versión de un lametón.
Como siempre me sorprendí pensando en lo mismo de todos los años, de todos los cumpleaños desde hace no sólo cuatro años cuando me hicieron el transplante, sino desde los diecinueve, cuando tuve la primera leucemia, y es que, ¡joder!, he cumplido un año más.
Es una sensación complicada la de llegar a una edad a la que sinceramente no creías que llegarías, a la que en tantos momentos te dijeron que no ibas a llegar.
Por esto se me hace raro siempre cumplir años, porque en cierto modo parece una prórroga, un tiempo añadido y otro año más por delante, 365 días de incertidumbre, 52 semanas de planes, sólo 52 semanas, visto así un año parece muy poco.
Me da vértigo, se me acumulan sentimientos que se me hacen bola, me siento solo, luego no, desgraciado, luego feliz, al final es una especie de estupor que hace que no sea capaz de reaccionar con claridad y entonces estoy enfadado y no sé bien dónde o cómo pisar y al final me pongo triste, por no saber sentir otra cosa, luego se me pasa, justo cuando empieza el follón de las felicitaciones y el amor, de darte cuenta de la gente que está contigo y que te quiere.
Cuando has pasado por un trance tan cercano a la muerte, en varias ocasiones, la sensación de sobrevivir es rara, es un sentimiento que tienes todos los días desde que te levantas hasta que te acuestas y que algunos llevamos peor que otros, por ser tan difícil de describir y de sintetizar, por lo que te hace en la cabeza y porque, al menos yo, no sabes donde colocarlo para que no moleste, como esa última caja de una mudanza que se eterniza y que no quieres abrir.
Ya tengo 33 años, hoy, de estos 33 la vida me debe al menos 3 (Manu, vas por mal camino si crees que la vida te debe algo), y sea como sea los tengo que recuperar, empezando por llegar a los 34 con algunos deberes hechos.
Al final supongo que todo se reduce a eso, a hacer los deberes, dejar de preocuparte por "estoy vivo o no", "me lo merezco o no", y simplemente trabajar por aprovechar lo que quede, hacer lo que no has podido hacer, esforzarte y llegar con soltura al siguiente cumpleaños.
Soy un poquito lento sintiendo las cosas y un poquito gilipollas y raro en general, malhumorado y algo payaso, pero ¡eh!, tengo 33 años ya, ¡quién nos lo iba a decir hace 4 años!

12.8.15

Dolor.

Sentir dolor es algo a lo que supongo que todos tenemos el mismo miedo, en mayor o menor medida, pero a todos nos asusta. El dolor es uno de los mayores fracasos de la medicina, o eso dice mi padre, el no haber conseguido nada que lo evite por completo, sólo drogas que lo hagan más llevadero.
El dolor físico agota, desespera, desmoraliza. Cuando es por un tiempo limitado, la idea de un final para este dolor es algo que te hace soportarlo más, cuando es crónico la cosa se vuelve un poco más complicada y requiere de mucha más entereza.
Vivir con el dolor se convierte entonces en una prueba diaria a tu paciencia, y en muchos casos a las ganas que tengas de seguir vivo, cuando el dolor crónico se vuelve extremo, para algunos, la lucha deja de tener algún sentido.
Luego están los "pequeños", y entrecomillo porque a veces no lo son tanto, achaques, de la edad, efectos de una enfermedad de larga duración o secuelas de algún trauma físico. Estos te minan la moral, poco a poco se apoderan de tu perspectiva de las cosas, te levantas y acuestas con dolor, te privan de placeres como comer, dormir, leer, correr, montar en bici, follar. Todo lo bueno del día a día empañado por una capa de dolor, cansancio y tristeza. Que en muchas ocasiones se puede enterrar y no dejar que afecte, pero a la larga en algún momento vas a caer en el agotamiento. Esto siempre pasa.
Lo que sea que funcione, llega un momento en que aceptas cualquier cosa para librarte de él, de ese sentimiento indeseable de fatiga y dolor.

El dolor pasa, o eso dicen, mientras tanto muchas veces no queda otra que apretar los dientes y morder una toalla.

21.7.15

Que me corten la cabeza.

Si no me enfadase tanto todo, todo el rato, me dolerían las manos de tanto aplaudir las ironías y las mierdas que se me cruzan por delante. Reírme de las estupideces que pasan, que hacen algunos, pero me enfado, porque soy bastante terco.
El verano me está sentando medio mal, la primavera fue mucho más productiva, y el otoño pinta bastante mejor.
¡Qué lleguen ya las noches frescas de chaqueta, dormir tapado y follar sin deshidratarse!
No puedo parar de tener ideas, la mayoría no demasiado buenas, y es que a veces me gustaría saber no pensar en nada, me gustaría haber jugado de pequeño a pensar en no pensar, pero nunca pasó y ahora no sé dejar de hacerlo.
Tres palabras recorren mi mente, rápidas, muy a menudo, no es importante cuáles son, sino la velocidad con la que llegan, se van y el poso que dejan al desaparecer.
Tengo que dejar de tener malas ideas, y de querer todo lo que tenéis vosotros.
Tengo que asumir que otro verano más lo voy a pasar sin bañarme.

11.7.15

Elbow.

Se me presenta estos días una situación complicada, una decisión en la que podría o no perder mucho.
No es una decisión fácil, si bien tengo claro que de lo que puedo prescindir con ella es algo que nunca he querido tener, no es una situación cómoda este "ahora o nunca".
A mis 31 años, casi 32, se me plantea algo que me puede cambiar totalmente la vida, una decisión totalmente irreversible.
Y la verdad es que no es la primera vez que estoy en una situación complicada, ni mucho menos, por mis manos han pasado documentos de consentimiento que todavía, cuando me recuerdo firmando, me hacen temblar un poco y siento una pequeña nausea de ansiedad.
Me han dicho que podía morir y me he preparado para ello, he aceptado tratamientos experimentales, me he sometido a procesos complejos que podrían haber sido desastrosos y aun así, cada vez, me sigue costando tomar ciertas decisiones. Por suerte todo en su momento salió bien, pero ahora llegan algunos de los efectos secundarios, no tanto a nivel médico, como a nivel vital.
Si bien es cierto que podría dejar al "Manu del futuro" que se encargue de ello posponiendo un año más este percal en el que me veo metido de lleno, quizá sea el momento de, por una vez, pararme en seco y pensar aquí y ahora, qué es lo que debo hacer, ya que el "Manu del pasado" me ha estado dejando este marrón desde hace ya un par de años y es bastante poco agradable.
Así que escucho Elbow, bebo cerveza, y me tiro en la cama, mientras me dicen al oído que "I´m reaching the age when decisions are made" (Me acerco a la edad en la que se toman decisiones).
Y aunque repito esta dinámica de tumbarme y pensar, siempre llego al mismo punto, no quiero dejar esto en las manos del "Manu del futuro", tengo que decidir ya, no puedo procrastinar esto mucho más. Tengo que tomar una maldita decisión.
Así que aquí estoy, arreglándome para salir de casa, bebiendo una segunda cerveza y pensando en qué cojones, mañana ya le daré otra vuelta más.

Elbow- Fly boy blue / Lunette



7.7.15

La historia del tiburón boreal.

El tiburón boreal ronda los siete metros de longitud, se mueve a una velocidad de dos kilómetros por hora y puede llegar a vivir doscientos años.
Es una especie solitaria, que vive en las frías aguas el abismo polar y puede vivir hasta a dos mil quinientos metros de profundidad.
Es un monstruo lento, ciego por culpa de un parásito que le devora los ojos desde que nace hasta que muere, que se guía por su olfato para conseguir alimento y que engulle cualquier cosa que caiga delante de su boca, desde animales vivos hasta carroña.

El tiburón boreal es un treintañero en un after a las doce de la mañana separado de su grupo de amigos.
Es un soltero en un festival en las últimas sesiones de la noche.
Es alguien a quién le ha dejado su pareja y busca en qué agujero meterse, meterla.
He visto más tiburones boreales una madrugada de verano en Madrid que en todos los programas de Discovery.
Todos hemos sido y somos tiburones boreales alguna vez.


1.7.15

La importancia de lo banal.

Hay cosas que no parecen importantes en su momento, o que no tomas por especiales, únicas, cosas que te pasan desapercibidas cuando las estás viviendo y que no te paras a imaginar cómo sería cuando te prohibiesen hacerlas.
Es algo curioso la "libertad de hacer", es algo que, por lo general, ninguno apreciamos demasiado hasta que notamos que nos falta.
Por ejemplo, hace poco he estado en el Primavera Sound, hacía mucho que no podía ir a un festival, que no me forzaba a mi mismo tanto, tantos días, tantas horas, tanta información.
Ya fui el año pasado, un sólo día, y otro más por la ciudad, estuvo bien, lo recuerdo con muchísimo cariño, por todo, pero esta vez todo era diferente.
No iba solo, para nada, de hecho la compañía no pudo ser mejor, la gente a la que vi, los grupos que disfruté, Barcelona y el Forum, todo genial. Lo viví con intensidad, lo disfruté, saboreé cada concierto, cada cerveza, cada abrazo. Parece una chorrada, pero esa libertad, el poder estar allí, es algo que necesitaba. Pero ese era yo, viéndolo desde la perspectiva de alguien que lo perdió todo y ahora recupera cosas.
Mis amigos, mis conocidos, la gente con la que coincidí allí, todos tenían algo de que quejarse, casi todos. Y es que la gente se queja de todo, todo el rato, con esta sensación de que podrán seguir haciendo lo que les plazca mañana. La gente no le da importancia a las cosas banales, al ahora, porque mañana lo seguirá teniendo, y esto en ocasiones es un error. Yo mismo, aún habiendo estado a punto de morir, todavía sufro y pierdo el tiempo con tonterías, dejo pasar oportunidades y luego me lamento.
Porque, aunque me joda reconocerlo, supongo que yo también soy como todos los demás, y sigo sin darme cuenta de lo importantes que son las cosas hasta que las pierdo. Porque somos unos imbéciles que no sabemos apreciar la libertad que tenemos, hasta que nos la quitan.



28.6.15

¿Qué es "casa"?

"Casa" es donde estás seguro, no sólo lo sientes, si no que lo estás. Es donde quieres volver al haberte ido, supongo, “casa” no es una casa, “casa” es hogar, intimidad, compañía, es no estar solo, no sentirse solo, poder respirar tranquilo, ir descalzo, desnudo, como sea.
“Casa” puede ser un lugar cualquiera convertido por alguien en ello. Podría ser yo mismo mi propia “casa”, si no tuviera tanto miedo, si supiera que todo va a ir bien.
Vamos a "casa", me voy a "casa", ojalá.

¿Qué es “casa”?, ¿Dónde está?, ¿Cuándo llegamos?

11.5.15

Los espacios vacíos, ocupados y creados.

Entrar en un sitio vacío de gente y lleno de obras de arte siempre me provoca una sensación de calma bastante indescriptible, ya no porque disfrute de las obras, que pueden gustarme más o menos, sino por la sintonía que se crea entre espacio ocupado, espacio creado y espacio vacío.
Sin la gente no hay movimiento, ni ruido, siempre que las obras sean estáticas y no sonoras. Estas mismas obras, estáticas en apariencia, ocupan y a la vez crean el espacio, y la sensación de soledad aumenta la potencia del propio movimiento intrínseco que el autor haya plasmado en el cuadro, escultura o intervención. No sé si me he explicado bien.
Para mi el hecho de que no haya gente, o que apenas la haya, aumenta de una manera muy poderosa la sensación de sobrecogimiento que me produce la obra, el silencio y la soledad apagan de manera muy efectiva todo el ruido en mi cabeza, ruido emocional o nervios, o simplemente la suma de pequeños dolores que siento cada minuto. Todo se apaga y camino entre las obras como si no pesara nada.


Al apagarse el ruido, mi cerebro puede pensar, razonar lo que ve y sentirlo todo de una manera mucho más intensa, puedo disfrutar de lo que el artista, el comisario y la institución me están ofreciendo, disfruto la experiencia y crezco con ella. Me pasa algo muy parecido en la montaña, la playa o un bosque vacíos, la soledad, el aparente silencio, me reconfortan y ayudan a pensar.

9.5.15

La vergüenza

Llevo más de un año sin escribir porque no tengo puta vergüenza, ni tiempo, ni probablemente ganas.
Sigo vivo, todo bien, ahora solo, ya no hay P. ni nadie que me agarre.
Madrid es un poco más gris, más sucio, más pijo, más facha, pero también es más casa, más amigo, más adulto y en cierto modo, algo más cómodo.


6.2.14

Febrero.

Últimamente escribo poco, estoy algo perezoso y además el invierno me vuelve imbécil. El frío me deja un poco tumbado, me cuesta salir de la cama, por el peso de los años y sobre todo el peso de la colcha y el edredón.
Tengo una cama un poco celosa que no termina de ver bien mi relación con el sofá y otros muebles de la casa.
Mis días pasan un poco monótonos últimamente, no tengo demasiada cabeza para trabajar, estoy volviendo a tener algunos problemas de concentración, y aunque intento todos los días salir de casa y estar un poco activo, con la humedad y el frío en ocasiones cuesta un poco.
Intento editar un poco, hacer algún tutorial, juego a la consola, leo, veo alguna serie, salgo a la compra, cocino, veo a Pau, intento quedar con amigos, pero cuesta todo un poco, es como llevar pesos en las extremidades, como una cuerda elástica conectada a mi cama que cuanto más me alejo, más me cuesta estirar.
No nos engañemos, sigo siendo un dios del sexo, para eso siempre tengo fuerzas, faltaría más. Y disfruto cada minuto fuera de casa, pero siempre hay una especia de subgrave, como si la banda sonora de mi vida fuera la de una película de Lynch, que me recuerda que la cama me llama, que estoy cansado y que pronto, mientras todos seguís emborrachándoos, yo me tengo que ir a casa, a descansar un poco, como un señor mayor.

Se acercan los dos años del transplante, la ITV, las dos semanas de visitas al hospital, y de recordarlo todo más intensamente, como si fuera ayer. Momentos difíciles, que cada vez cuestan un poco menos, y en cierto modo un poco más.
Pero no todo en Febrero pesa, cosas buenas pasaron hace un año, cosas que no esperaba que pasaran y que me han dado la vida este año, algo con lo que no hubiera aguantado todo lo que he aguantado. No entro en detalles, ella sabe lo que es, y si habéis seguido el blog, vosotros también.

De todos modos llega la primavera pronto, y con lo optimistas que somos en Madrid, las terrazas y el salir sin llevar doscientas capas de ropa. Camisa, chupa de cuero y a tomar algo con los amigos al aire libre, montar en bici, salir a correr, estar más activo, un poquito más vivo.


Va todo bien, como no podía ser de otra manera, pero las cosas, todas, cuestan un poquito más.

15.1.14

Madriguera

Te sientas y esperas, te sientas y esperas, esperas y te sientas, te tumbas, pruebas posturas diferentes, momentos diferentes, acciones diferentes.
Escribes, borras, escribes y borras. 
Tu cerebro funciona despacio, como siempre, como nunca, a golpes de batería, de bajo, movido por teclas de un sintetizador sucio que suena en los altavoces. Tienes envidia, admiración y miedo, se te agolpan los sentimientos, los escupes en un teclado.
Estas sumido en una semioscuridad cómoda, una habitación algo fría en una casa que es tuya pero no, que se vacía un poco y se llena cada día. Has tratado de construir una madriguera cómoda en lo alto de tu K2 particular, parece que empieza a funcionar, pero no es del todo seguro, aún se te puede llevar una ventisca por delante, ten cuidado.
Llevas tiempo sin leer, sin sentarte a escuchar, a disfrutar de una cómoda inacción mientras dejas que la negatividad se apague  y que la enfermedad se disuelva, llevas tiempo sin escucharte a ti mismo, sin pararte a mirar lo que, de verdad, es tu vida. 
Llevas tiempo mirándote el ombligo desde un punto de vista erróneo.
Es fácil caer en hacer las cosas mal, en dejar que los dolores, el malestar o la debilidad se apoderen de tu cabeza, es fácil perder tu fuerza, la que te hizo salir de un lugar peor, es fácil comer mierda y no saborear los tropezones de gloria que siempre hay entre medias.

Moverse en absolutos es un error, para lo bueno y para lo malo.

17.10.13

Efectos secundarios.

A continuación, después de la reflexión, hay una lista de los efectos secundarios de las medicinas que tomo, a lo que quiero llegar con todo esto es que en muchas ocasiones, y sin querer utilizarlo como excusa, los enfermos de larga duración nos volvemos personas apáticas, irritables, confusas, nos cuesta un poco más de lo normal hacer cualquier cosa. Además de lo que ya nos limita nuestra enfermedad, llevamos encima lo que los medicamentos que necesitamos para combatir los síntomas de lo grave, nos pueden causar.

Yo no tengo todos los efectos secundarios que aquí menciono, de hecho diría que sufro pocos de ellos, pero si que hay cosas que noto, que me hacen ser, en ocasiones, alguien que no soy.
En esos momentos en los que alzamos la voz, no podemos salir de la cama, tardamos más en reaccionar, no pensamos con claridad, en estos momentos en los que luchamos contra nosotros mismos, es cuando es aún más frustrante todo, porque al menos yo, noto como pierdo el control, como se me van algunas reacciones de las manos, veo, casi desde fuera, como cambio, como me vuelvo lento, irritable, poco razonable, o me pongo triste sin motivo. Veo cambios físicos de un día para otro, que pueden o no ser reales, y siento que no rindo todo lo que puedo, podía o debería rendir.
No es una excusa, no quiero un trato diferente, no necesito que me traten diferente, supongo que lo que no sé todavía, y ya debería saber, es lidiar con esto, llevarlo mejor y saber reconocer los momentos en los que las medicinas, la situación, se me va de las manos, sobre todo para avisar a la persona que tengo delante que sin quererlo se come estos estallidos, o estos momentos de ser más una planta que una persona que tengo.
He dejado de hablar en plural porque no sé cómo lo llevan los demás, porque de esto no suelo hablar con otros enfermos, al menos no a menudo, aunque igual debería hacerlo.
Lo peor de todas formas es la sensación de llevar un peso encima, algo que no te deja moverte a la velocidad adecuada, la sensación de no jugar en la misma liga que los demás.
No es excusa, la vida no espera a nadie y siempre tenemos que intentar ser lo mejor que podamos, aunque eso signifique conseguir alcanzar un ritmo similar a lo que éramos antes de la enfermedad y las medicinas.
Luego si no, siempre podemos ver “Quién quiere casarse con mi hijo” y ver que en el mundo hay gente que lo lleva mucho peor sin tomar nada.



Ahí van, LA LISTA, el festival, los efectos de tres de mis siete medicinas, las que tienen peores efectos.

1.

Dolor de cabeza, diarrea, acidez, gases, mayor crecimiento de vello en la cara, los brazos o la espalda (pero no en la cabeza, desgraciadamente), crecimiento de tejido adicional en las encías, acné, bochornos (además de los provocados por la estupidez inherente de la persona), temblor incontrolable de alguna parte del cuerpo, ardor u hormigueo en los brazos, manos, pies o piernas, dolor en los músculos o articulaciones, calambres, dolor o presión en la cara, problemas en el oído, agrandamiento de los senos en los hombres, depresión, dificultad para dormirse o permanecer dormido.
Estos eran los comunes, vamos con los graves y más raros:
Sangrado o moretones inusuales, piel pálida, coloración amarillenta en la piel o los ojos, convulsiones, pérdida del conocimiento, alteraciones del comportamiento o del estado de ánimo, dificultad para controlar los movimientos del cuerpo, alteraciones de la vista, confusión, sarpullido, manchas moradas en la piel, hinchazón en las manos, brazos, pies, tobillos o pantorrillas.
Estos son sólo los efectos secundarios de una de las 7 medicinas diarias. Vamos a repasar los de otra.
Osteoporosis, depresión, ansiedad, gastritis, hipertensión, ictus, hipotiroidismo, lesiones digestivas perforantes, hinchazón general, amenorrea y retinopatía, aumento del apetito, irritabilidad, insonmio, hinchazón en las extremidades inferiores, náuseas, debilidad muscular y mala cicatrización. Efectos que pueden permanecer años después del fin del tratamiento.



2.

Vómitos, diarrea, mareos, cansancio, agitación, dolor en las articulaciones, pérdida del cabello, cambios en la visión, urticarias, sarpullido, dificultad para respirar o tragar, hinchazón, ronquera, taquicardia, debilidad, palidez, insomnio, sangrado o moretones inusuales, sangrado al orinar (problemas de riñón en general), dolor de estómago o calambres, cefalea, confusión, comportamiento agresivo, dificultad para hablar, ardor o cosquilleo en brazos y piernas, incapacidad para mover partes del cuerpo, temblores, crisis convulsivas, pérdida de la conciencia.



3.


Muy raros: Diarrea acuosa, calambres de estómago y fiebre (estos son los síntomas de la infección que tratan con este antibiótico, en este caso al menos).
Convulsiones, cosquilleo, dolor o entumecimiento (neuropatía).
Raros: Erupciones graves en la piel, perdida de apetito, color amarillo en la piel y ojos y orina de color oscuro, estómago doloroso a la palpación. (Problemas hepáticos), aparición de hematomas, hipersensibilidad, hipoglucemia, alucinaciones, paranoia, cambios de opinión, depresión, inquietud, sueños anormales o pesadillas.
Vamos con el festival. FRECUENTES: Insomnio (one more time, y esto es un 3 de 3), dolor de cabeza (otro 3 de 3), infección por otras bacterias u hongos, estrés, ansiedad (mira otro repetido), confusión, nerviosismo, somnolencia, temblores, vértigo (cuando se repiten es cuando es más divertido).
Cambios en el sabor de las cosas, gases, dolor en la zona del estómago, prurito, dolor muscular o en las articulaciones, debilidad generalizada, trastornos en la vista o el oído, taquicardia, debilidad muscular (se repite también, no es que me repita yo)

Y en este caso los efectos siguen una página más del prospecto, pero son de los de 1 de cada 10.000 pacientes y no creo tener tan mala suerte.
Con esto os vais haciendo una idea.



10.10.13

Endorfinas contra la tristeza, Cabrales contra el dolor.

Es como una bola de mierda caliente y humeante latiendo dentro de ti, un nudo en la garganta, por muy típico que suene, ganas de hacer algo y no saber el qué, una sensación odiosa, pesada, gris.
Es un sentimiento opaco, no te deja pensar con claridad, no sabes reaccionar, no sé cómo reaccionar.
Da igual lo que hayas vivido anteriormente, da igual cuantas hostias te hayan dado, porque cuando una de ellas te pilla de improviso, en ayunas, despistado y quizá un poco vulnerable, la hostia te la llevas como si fuera la primera vez.
Aún no he comido hoy, sé que si como algo lo veré todo más claro, el queso da la felicidad y no es una amenaza pero tengo mucho queso en mi poder ahora mismo.
Hace que tu cuerpo parezca más pesado, tu cabeza más lenta y tú te vuelves más hostil, menos razonable. Podría matar a alguien con mis propias manos ahora mismo, pero esta sensación seguro que me haría dejarlo a la mitad porque la desidia y la tristeza siempre vienen juntas.
Me han dicho últimamente que no soy demasiado empático, que soy muy didáctico y racional cuando alguien me cuenta algo que le ha pasado, supongo que es parte porque sentimientos como este, esta tristeza extraña, me cuesta mucho compartirlos, porque casi siempre es irracional o no me creo con derecho a sentirla.
Soy una persona muy sensible, no me da miedo decirlo, los que me conocen bien lo saben, pero todos nos guardamos cosas, yo uso el blog, en ocasiones, como vía de escape de estos montones de mierda, si lo cuento aquí, si hablo de lo que siento, no tengo porque demostrarlo en persona, ya lo habrán leído los que lo tengan que haber leído.
El queso va haciendo su efecto, endorfinas contra la tristeza, cabrales contra el dolor.
Todo está un poco más claro. La sensación sigue ahí, pero ahora sabe diferente, huele diferente.


Voy a seguir comiendo, sólo quería dejar aquí un poco de mierda.

7.10.13

Isabel. Una hermana.

Tengo una hermana, bueno tengo dos hermanas y un hermano, pero hoy sólo hablaré de una de ellas, de la mayor, porque ayer fue su cumpleaños y soy un descastado y no le dije nada.
Soy un descastado y un despistado y bastante torpe.
Isabel, mi hermana, es una mujer con carácter, tanto como yo, de los cuatro hermanos podríamos decir que ella y yo siempre tenemos la culpa de lo que pasa en casa, bien porque la tengamos de verdad (ambos opinamos que pocas veces pasa) o porque discutimos casi siempre, sino como deporte, como una manera especial de comunicación, es un poco nuestro rollo, somos unos toca pelotas, ella lo negará y se estará riendo o cabreando, pero es porque tenemos convicciones fuertes y siempre tenemos razón.
Isabel es madre de tres hijos, dos niños y una niña. Tres niños brillantes, cada uno con un carácter totalmente distinto al otro, tres niños increíbles, los mejores sobrinos, en los que se reconoce la educación que les dan sus padres, sus abuelos y de vez en cuando, cuando vienen a España, sus tíos.
Mi hermana es desordenada, ella me miraría mal ahora mismo, me diría que menuda imagen doy, pero yo soy desordenado, como ella. Somos de estas personas que saben donde esta cada cosa aunque no esté en su sitio.
Nunca he hablado con Isabel directamente de algunas cosas que quiero compartir aquí, porque escribirlo es más fácil, y porque quiero que sepáis qué clase de mujer es mi hermana mayor.
Isabel estuvo lejos la primera vez que tuve leucemia, estaba dando a luz a Diego, el primero de mis sobrinos, y ella no sabe lo mucho que la eché de menos, sé que lo paso mal estando tan lejos, pero la razón era la mejor razón por la que no poder venir. Estuvo ahí, aún sin estar, eso es lo que importa al final. Sé que a mi hermana, por razones que no hace falta comentar, le dolía especialmente tener a un hermano en una situación tan grave como la mía, no me imagino el miedo que han pasado los que estaban a mi alrededor, el miedo que pasan, no me imagino el miedo que pasa ella.
Pero es esta segunda vez, en esta recaída, cuando está más presente, más encima, llamando, viniendo siempre que ha podido, quedándose en el hospital, como queriendo recuperar el tiempo perdido. No fue la única, mi madre y mis amigos me matan si no lo digo, todos me cuidaron muchísimo, pero este texto va sobre ella.
Promovió la donación de médula en su ciudad, donde no había ningún movimiento para ello, se puso en contacto con la Fundación Josep Carreras, estuvo siempre pendiente de las noticias, de otros enfermos, de darme información, me puso en contacto con los Pelones Peleones, me llamaba, me preguntaba. Muchas veces se ponía, se pone, un poco pesada “come sano”, “el ajo es buenísimo”, “he leído que las semillas de -nombre raro aquí- son buenísimas para las defensas”. Ahora me manda cosas de videos y bicis, cosas que me puedan gustar por Facebook o me lo comenta por teléfono.
La recuerdo en los días en la UCI, recuerdo poco de esos días, estaba muy drogado, pero tenerla ahí, que esta vez pudiera venir más tiempo, fue bueno, me hacía sentir bien tenerla cerca.
Me hace sentir bien cómo me mira cuando me ve fuera del hospital.
Me ayudó a tomar alguna decisión difícil, en un paseo por el río, sobre seguir o no haciendo algo que no sabía si iba a ser bueno para mí. Ella no se acordará de esto, porque no le dije lo importante que fue, pero bueno, ahí estuvo.
Soy un tipo bastante seco, no suelo dar muestras de afecto, no sé por qué soy así, pero bueno. Siempre me he sentido muy cercano a ella, no sé si lo sabe, no creo, pero creo que somos los más parecidos de los cuatro hermanos, al menos es en ella en la que veo más cosas parecidas a mi.
Quiero muchísimo a mi hermana Isabel, llevo prometiéndola que iré a Vichy a pasar unos días con ella y con mis sobrinos demasiado tiempo, y creo que el mes que viene me escapo a hacer de tio y hermano un poco.
No voy a decir la edad que tiene, porque está feo, pero hermana FELICIDADES

No te acostumbres a que diga tantas cosas buenas de ti.

Isabel no fue la única que estuvo, ni mucho menos, pero es a la que menos veo, y aunque no se lo diga, la echo de menos.

Hermana joder, ¡que te echo de menos!


24.9.13

La verdad en las palabras de un gordo pelirrojo sobre la soledad.

El otro día veía una entrevista aLouis C.K. en el programa de Conan, veía sólo un trozo que una amiga colgó en Facebook, no os penséis que busco en internet el late show de Conan para verlo todos los días. A Louis C.K. sí le veo siempre que puedo, es muy recomendable. En esta entrevista que le hacían Louis hablaba sobre los smartphones y el motivo por el que no quiere que sus hijas tengan uno, hablaba sobre la soledad, lo necesaria que es, con su tono siempre irónico, decía que los smartphones, además de negarnos la interacción humana a la hora de humillar a alguien, el ver el daño en directo que le hacemos, nos niegan la capacidad de abrazar la soledad, la certeza de que estamos solos, esa bola de tristeza y angustia que se nos hace en el estómago y nos recuerda que ser humano es precisamente eso, sentirse, de algún modo, solo.
Los smartphones no nos dejan ser, no nos dejan disfrutar de esta ola de tristeza que nuestro cuerpo contrarrestará con una oleada de felicidad.

Me he olvidado de lo que era estar solo en la habitación del hospital, aislado, de esos momentos de absoluta soledad, donde no sabía si alguien entendería lo que estaba pasando, esos momentos en los que, tumbado en la cama, con los cascos puestos, a oscuras, notaba mi cuerpo cada vez pesar más, cuando sentía que no había nada a mi alrededor, sólo oscuridad, incertidumbre y tristeza. Me he olvidado de esa sensación que venía después, cuando mi cuerpo era más pesado aún, cuando sólo el pitído de la máquina del suero se interponía en el silencio entre canciones, ese momento en el que una euforia absurda me golpeaba, en que sabía, con certeza, que todo iba a salir bien. Puede que durase sólo dos o tres minutos, pero joder, era una sensación increíble que no habría podido disfrutar si no me hubiera dejado llevar por la soledad y la tristeza.

Sé que me he olvidado de estos momentos, de esta soledad que llevamos dentro, porque he caído en el juego del smartphone, porque si estoy solo miro Twitter, hago una foto para Instagram, mando algún Line o WhatsApp, busco una interacción, que si soy sincero, no necesito.

Me he olvidado de cómo es estar solo, de enfrentarme a mis miedos con las manos metidas en los bolsillos, andando por la calle escuchando música sin pensar una gilipollez que tuitear, o ver si hay algún amigo con quien intercambiar unas palabras, o tumbado en la cama, a oscuras, sin leer, ni ver una película, sólo música, y esa sensación.
Me he olvidado y no debería haberlo hecho.

Pero es que, desgraciadamente o no, me he olvidado de muchas de las cosas que aprendí encerrado en una habitación de hospital.

Louie siempre suele tener razón.
Todos estamos solos.
Y no tiene nada de malo.


20.9.13

Incendios en La Central, una noche nueva.

Antes cuando el fuego no quemaba tanto, cuando todo era un poco más gris y los días pasaban mucho más despacio, me resultaba impensable llegar a disfrutar otra vez de cosas que estoy disfrutando hoy.
Antes, hace algunos años ya, los conciertos, las salidas, los bares, conocer gente nueva, no era nada especial, era rutina, lo que hacemos todos, por supuesto que lo disfrutaba, como el que más, pero no era nada especial, al menos no tan especial.
Ayer fui a un concierto en La Central, en el sótano, un espacio que hace las veces de bar, coctelería, sala de conciertos, se llama, en un alarde de originalidad, “El Garito”. Es una cueva pequeña con las paredes de ladrillo, tres arcos que separan los espacios, una tarima pequeña, muy pequeña como escenario, una barra estrecha al fondo de la sala y con un aforo, cómodo, para 60 personas.
Tocaban Incendios, un grupazo, escuchadlos. Son amigos de amigos, de hecho ocupo la habitación de uno de ellos que ha emigrado a EEUU en la casa a la que me acabo de ir a vivir, son de esa gente que sabes que va a pasar de vez en cuando por casa y agradeces que así sea.
Su música crea unas atmósferas complejas que crecen en el espacio y dentro de ti, con letras que provocan sensaciones e imágenes muy bien definidas, unas melodías que llenan cualquier espacio y forman paisajes, canciones que callan salas o las hacen gritar, dónde hasta los que hemos oído su disco una y otra vez, o los que ya los han visto y los conocen, se quedan callados esperando el momento de acompañar con un murmullo las potentes letras de Miguel Bellas, su cantante.
Ayer creí que iba a ser una noche normal, como cualquiera, y si lo analizáis probablemente no os parecerá nada del otro mundo, salí de casa, bebía algo vi un concierto, volví a casa. La verdad es que he hecho mil cosas desde que salí del hospital, llevo una vida casi normal, he viajado, he salido “de fiesta” alguna vez, pero ayer fue diferente.
Ayer salí, a ver un concierto, por primera vez desde que vivo otra vez en Madrid, es difícil de explicar. Supongo que es un poco como acelerar de golpe y estar más cerca del ritmo que lleváis vosotros, casi puedo estirar el brazo y tocar el hombro de los que vais delante, casi puedo beberme una copa, casi noto volver a estar en un bar, con amigos, bebiendo, riéndome, o en un festival, o en un concierto, o incluso tocando en directo.
Casi noto que todo es normal otra vez.
Supongo que la música de Incendios tiene algo que ver en todo esto, su disco salió justo cuando yo estaba descubriendo algo, a alguien, y todas las letras me recuerdan a decisiones y momentos de entonces. Letras que animan a arriesgarse, “saltar sin red y sin mirar atrás”, a esforzarse y tener fe, “porque otros han pasado por aquí”, que dicen que ahora estoy “mucho mejor, menos cansado” y con las que “sé que todo va a salir bien”.

Ayer salí, os podrá parecer una tontería, pero ayer salí.

9.9.13

Casi otoño.

Se acaba el calor, o debería al menos empezar a ser más soportable. Empieza a ser el momento en el que pueda dedicar más tiempo a curar heridas, a tratar más a fondo mis limitaciones, intentar otro año luchar contra la frustración de llevar un ritmo diferente, la mascarilla, las pastillas, el catéter, sentir que me muevo más despacio, que sólo veo vuestras nucas delante de mi, recordándome que voy tarde, que al menos sigo aquí, pero que soy el último en llegar y que aún no puedo ponerme a la altura.
Se hace más difícil cuando el imput que recibes del mundo exterior es como es, deformado, en el que todo es siempre mejor de lo que ha sido. Me cago en vuestras fotos de vacaciones, me cago en vuestros submarinismos, vuestros festivales, vuestras noches de fiesta.
Me cago en la puta vida que no puedo tener, y me cago en que a veces amargue la que tengo.
Luego se me pasa.
Se acaba el calor y se acaban las terrazas, los bares se van a llenar, la gente va a empezar a expulsar virus con cada tos, estornudo o beso, voy a empezar a ver gérmenes por todas partes, voy a empezar a tener miedo, y estoy un poco hasta los huevos de esta sensación, que poco a poco, creo, me estoy quitando de encima, pero no es fácil.
Odio el verano, odio el invierno, odio mis defensas deprimidas que me deprimen y me amargan.
Pero, siempre hay un pero, empiezan las noches en casa viendo una película, los días de cines medio vacíos a horas en las que los demás estáis trabajando, las cafeterías desconocidas con poca gente donde leer, los paseos abrigado, abrazado, agarrando su culo, los domingos por la mañana en la cama, tapado, abrazado, agarrando su culo.
Tenía la esperanza de viajar, de ir al norte, hablar otro idioma durante días, beber cerveza, ver amigos que hace años que sólo veo a través de una pantalla de ordenador, y tenía esa esperanza porque en el fondo soy imbécil, un imbécil optimista aunque vaya de lo contrario, que siempre piensa que en la próxima revisión le quitarían el catéter, alguna medicina, alguna limitación, pero no. Todo sigue, más o menos, igual.

Debería estar acostumbrado, debería ser todo más fácil, ya son casi dos años, ¿o son ya dos años? He perdido la cuenta.

No puedo evitar sentirme inferior, diferente, limitado, sentir que os movéis a un ritmo mucho más rápido que el mío.
No lo puedo evitar, pero intento hacerlo.


2.8.13

Lo que todos hemos pensado hoy en algún momento.

Viernes tarde y todos pensamos en lo mismo, ¿qué coño estoy haciendo yo aquí?.
Delante de la pantalla del ordenador, detrás de la barra de un bar atendiendo a algún gilipollas que no te va a dejar propina, en una tienda de ropa aguantando clientes estúpidos que piden tallas imposibles para ellos, por la calle de camino a casa después de currar o volviendo al turno de tarde después de comer.
Todos nos preguntamos lo mismo, todos los que aún no nos hemos metido en un horno metálico camino a la playa con el aire acondicionado a tope, no estamos esperando en Barajas, en una interminable cola de facturación o no nos relajamos en una terraza de cualquier bar que tengamos cerca, mientras nos reímos de quién sea que esté pasando por detrás de la amiga con la que hemos quedado y a la que queremos impresionar con nuestro ingenio, hiriente y odioso, con una ironía y una mala leche que lo que esconde es una inseguridad sobre compensada, casi siempre, sin motivo. Todos nosotros repetimos en nuestra cabeza una y otra vez, "¿qué coño estoy haciendo yo aquí?"
Pasan las horas despacio, hace calor, mañana es Sábado, será un día mejor, algunos tendremos que currar, pero será fin de semana, habrá un perro una mujer y buena comida, todo irá bien.
"Han caído muchos de nuestro bando", dice alguien en la canción que escucho y hoy para mi esa frase cobra muchos sentidos diferentes.
Veo muertos, literal y figuradamente, veo cerebros desconectados, fritos por el calor, cuerpos que han perdido batallas, contra sí mismos, contra enfermedades o contra impulsos incontrolables que les han llevado a una deriva física de la que salir, a determinadas alturas y edades, va a ser muy difícil.
Estoy sentado en un porche, a mi espalda se levanta un mural rojo, blanco y negro, "espacio de creación y cambio", rezan unas letras enormes que la gente lee al pasar mirando a través de mi, mientras yo me hago el despistado esperando que no me pregunten, que no se dirijan a mi, que no tengo la paciencia en su mejor momento. Hoy no quiero cruzarme con nadie conocido, hoy sólo quiero cama, un cuerpo caliente a mi lado y ya.
Una mujer pasa caminando por delante de mi, es esbelta, con unos tacones que acentúan unos gemelos y unos muslos trabajados, su culo sigue un ritmo preciso, un compás muy marcado por el paso apresurado del perro que tira de ella con un caminar nervioso hasta una de las esquinas del porche en el que estoy sentado. El pequeño chucho, un perro gris, peludo, mestizo, levanta una pata aparentemente distraído y marca con su orina una de las esquinas de hormigón gris, justo en el borde con la calle. La mujer me mira a través de sus gafas de sol y sonríe. Debe rondar los 40, bien conservada, con el pelo corto moreno, una cara con rasgos afilados y algunas arrugas no demasiado marcadas para la edad que le acabo de obligar a tener en mi cabeza. Sus labios, carnosos y con ese pequeño bulto en el labio superior que tienen algunas personas, dejan entrever unos dientes de fumadora que estropean un poco la armonía que le da al conjunto una tez bien cuidada y sin maquillar, que parece que el sol no ha tocado en años. Es una mujer atractiva y lo sabe, se siente bien en el vestido ajustado de una pieza que lleva. Le gusta pasear, ella no está pensando lo mismo que yo, ella sí sabe lo que hace aquí, está paseando su perro, su culo y sus aparentemente nuevas tetas. O eso me gusta pensar mientras la veo alejarse calle abajo y me invento una vida perfecta para ella y su perro, que he decidido se llamará Smith. 
Ella prosigue su camino, mi cabeza ya está en otro sitio, en otro perro, en otro culo, en manos de otra mujer.
Vuelvo a mi libro, miro el reloj, me quedan veinte minutos, ¿qué coño hago aquí?.
Hoy voy a salir del estudio sin pensar en nada que tenga que ver con cine documental, con finales de carrera, con edición o con una pantalla de ordenador, visor de cámara o justificación teórica. Voy a montarme en un autobús, camino a una ciudad en linea, con una mujer, un perro, una casa vacía, un parque, unos cuantos tomates ecológicos para que podamos creernos un poco superiores, más sanos, casi superhéroes, al cenar una ensalada cara justo antes de meternos en la cama. Voy a descansar, dejar que el calor me fría el cerebro, relajarme y no pensar en nada demasiado trascendental hasta mañana.
Entonces, sé que en ese momento la pregunta cambiará, por lo menos para mi y entonces dejaré de pensar "¿qué coño estoy haciendo aquí?" para tener claro que lo que estoy haciendo aquí es disfrutar de un coño. Y del verano. Y la calma. Y el amor.

Son ya las 17.30, y yo ya no pinto nada aquí.

17.7.13

Paula.

No soy muy dado a descripciones personales directas, bueno igual un poco sí, incluso a veces hago post dirigidos, pero me da la sensación de que nunca he sido tan directo como lo voy a ser esta vez.
Conocí a Paula hace unos meses, primero en la red, como un ente que me hacía mucha gracia en Twitter, ingeniosa, mordaz, divertida, llamaba la atención, a veces con tweets un poco absurdos otras veces con recomendaciones de música, ilustración o algún .gif curioso, gracias a ella además conocí Rhye, un grupazo.

Ella no me seguía al principio, me lo tuve que ganar, fue duro, pero al final vi el aviso en mi mail, "Paula te está siguiendo en Twitter", oye, me hizo ilusión qué queréis que os diga. Me cagué un poco encima. (Luego resulta, ahora que estamos juntos, que casi nunca me lee...)
Supongo que estas cosas empiezan un poco así, de ahí a mensajes directos, algún mail, yo cada vez más interesado y al final conseguimos quedar.
Fue una pasada, desde el primer día, hace ya unos meses, cuando quedamos a tomar un café y entró de golpe en mi vida. No me olvidaré nunca de su camisa, su colgante o su escote, que mire sin que ella lo notara. O eso creo.
Ella cambió muchas cosas sin saberlo, ese mismo día, me hizo verlo todo de otra manera, me hizo arriesgarme y mereció la pena.
Sin entrar en detalles ni etiquetas, sólo puedo decir que me gusta estar con ella, que la quiero, que esto que siento, lo que tenemos, es una pasada, algo que pensaba que no tendría ni sentiría por nadie. No sé, de pronto todo encaja.
Pero lo suyo es presentar a Paula, describirla, que entendáis por qué ha pasado esto, por qué me ha pasado esto.
Cuando miras a Pau lo primero en lo que te fijas, es en su sonrisa, enmarcada por su pelo corto, pelirrojo, con sus dientes brillando y dejando ver el piercing que lleva en el frenillo de la encía. Tiene unos ojos oscuros que te miran detrás de unas enormes gafas de pasta, algo rasgados y que acompañan la manera en la que ríe levantando sus cejas afiladas. 
Si continuas bajando la mirada verás un cuello esbelto donde normalmente hay algún colgante que lleva tu mirada directa a su escote, el gran escote de un pecho precioso, para que nos vamos a andar con rodeos, Paula tiene unas tetas muy bonitas. Si sigues bajando la mirada llegaras a la cintura y a la cadera, ella me miraría raro ahora, esperando a ver qué digo, lo único que os puedo contar sin que me mate es que cuando puse mis manos sobre ella por primera vez no me podía creer lo suave que era su piel, la forma preciosa que notaba con mis palmas mientras la besaba y acariciaba o cómo me gustaba notar la tela suave de la camisa en el dorso de mi mano a la vez que agarraba su cintura.
Sus muslos, su culo, sus pantorrillas, tatuadas con el estribillo de una de las canciones más importantes de mi vida, hacían que todo encajara poco a poco.
Paula es sin duda la mujer más preciosa que he tenido entre mis brazos, soy un tipo con suerte para estas cosas.
Fuera de lo físico, que no mencionaré más porque, como he dicho antes, me puede matar lentamente cuando lea esto, lo que más me llamó la atención de ella era lo propensa que es a la sonrisa, a la mirada directa, a la carcajada. Paula se sabe reír y eso no es algo que todo el mundo sepa hacer aunque parezca mentira. No sólo eso, ella es empática, inteligente, perspicaz, lista, quizá demasiado a veces, pero sobre todo es una mujer increíblemente generosa. Lo que sin duda es una de sus mayores virtudes y a la vez no. 
Paula lo da todo por los demás, se deja enmarronar, se preocupa, sufre y se hunde si alguien a quién quiere lo está pasando mal, se preocupa mucho más de los demás que de si misma y esto, estos días, le está pasando factura. Me encantaría encontrar una formula para que ella misma se vea un poco como la veo yo, como sé que la ven otros, que sea consciente de la imponente imagen que proyecta, de lo atractiva e interesante que es.

Para mi se ha convertido en un pilar, en algo importante, lleva poco tiempo en mi vida, pero de alguna manera la forma en la que ha entrado en ella, sin avisar, teniendo en cuenta todo lo que me pasa y no pidiendo nada a cambio mientras ella lo da todo, ha hecho que la necesite, que la quiera, que me enamore de ella (y yo estas palabras no las uso a la ligera). 
Paula desde el primer día comprendió todo, me ayudó más que mucha gente y aun no se como pagárselo. Lo que intento es que por mi parte todo para ella sea fácil, ser una vía de escape de los marrones que le puedan estar cayendo. Honestamente, no suelo conseguirlo y muchas veces soy un marrón más, pero estoy trabajando en mejorar mi carácter y mi situación.

Los días a su lado pasan a un ritmo diferente, siempre tengo ganas de verla, pienso en ella cuando no está, veo cosas que le gustarán y que quiero que compartamos y luego cuando al fin la veo siempre tiene algo nuevo que enseñarme. Es una de las mejores cosas de Paula, que siempre aprendo algo nuevo.


A día de hoy, no tengo claro si sabría vivir sin que ella, de alguna manera, siguiera en mi vida. 
Esto es así.

4.7.13

De la Calle del León a la Calle del Espíritu Santo.

Te levantas, has dormido poco, estás cansado, ayer el sexo se te fue de las manos una vez más y no pensaste que hoy tendrías que ir a trabajar.
Te metes en la ducha mientras ella se seca el pelo, está preciosa, no estas seguro de cuando ha salido de la cama pero crees recordar un beso y su piel húmeda dándote los buenos días.
El agua de la ducha está fría, en estos días de verano es lo mejor, en el baño se apilan distintos botes de gel y champú, esponjas de nuevos compañeros de piso, toallas húmedas, productos de belleza femeninos y cuchillas de afeitar. 
Todo es nuevo menos la sensación. Esto ya lo has hecho antes, no es la primera vez que te vas, no lo recuerdas exactamente, no es lo mismo que otras veces pero te resulta familiar. 
Una casa nueva una vez más.
Sales de la ducha y ella casi está lista, camisa blanca, con los dos últimos botones sin cerrar para que asome un poco el sujetador y la poca brisa que haya a estas horas la refresque un poco, tú lo agradeces, ese escote merece estar a la vista. Su falda corta vaquera deja ver unos muslos y unas piernas aun no oscurecidas por el sol, suaves, firmes y que terminan en unas Vans negras de lona. Es un privilegio poder verla desde el primer minuto del día, convierte lo jodido de madrugar en algo completamente diferente.
Ahora el espejo es tuyo, el catéter asoma de tu pecho, es un recordatorio constante de tu fragilidad, una fragilidad que hoy importa un poco menos, ayer todo fueron buenas noticias con tu médico y tienes un mes más de tregua, todo sigue bien. 
Te ves más delgado, más fuerte, las ojeras te las ganaste anoche a pulso, a golpe de cadera, lengua, sonrisa y bofetón, las agujetas tienen también algo que decir al respecto, pero son dolores agradecidos que te recuerdan que tu estado físico sólo va a mejor, igual que tu vida por mucho que seas un neurótico.
Terminas de vestirte, no hay tiempo para desayunar pero te da igual, bajas las escaleras de tu nuevo edificio y sales a tu nuevo barrio, que a estas horas es totalmente diferente a lo que viste ayer al llegar a casa. No quedan guiris borrachos, los bares están cerrados, sólo algún camión de reparto que atraviesa ruidoso y un par de viejos que no dejan pasar desapercibido el precioso escote de esa sonriente pelirroja con la que has salido del portal.
Esta es tu nueva rutina, podrás ir andando al trabajo, podrás despertarte algún día con ella, ya no estarás lejos de la ciudad donde pasa todo. No más coche, ni cercanías, por fin, de nuevo, tus pies y tu bici te van a llevar a cualquier parte.
Todo vuelve a empezar, después de dos años vuelves a una dinámica conocida que has echado de menos, en una ciudad a la que nunca quisiste volver y de la que ahora ya no quieres irte. Has echado un ancla o has terminado por aceptar la cadena que te pusieron al cuello y de la que ahora sólo queda un pastillero y un tubo blanco en tu pecho para recordarte todo lo que has pasado y lo que queda aún por pasar.
Cruzas Gran Via, ahora caminas sólo después de que ella se desviara hacía el metro y tú disfrutaras del espectáculo de verla caminar alejándose de ti, los tatuajes en sus gemelos siempre te hacen sonreír y ese culo no tiene precio. 
La calle Fuencarral a estas horas es incluso agradable y no ese hervidero de gente deseando gastarse dinero en el que se convertirá en unas horas. Disfrutas de tu café para llevar, poco a poco, aunque sea una mierda de cadena americana a la que juraste no volver, a estas horas, con este sueño y lo redonda que está siendo la mañana lo disfrutas. La música que suena en los cascos, la gente, sus caras de mierda en contraposición con tu sonrisa de gilipollas con la que dices a todo el mundo "joderos, mi mañana está siendo de puta madre" y la perspectiva de empezar a currar en el estudio otra vez y de una manera más regular, están terminado de ponerte de un buen humor bastante inusual en alguien con tu carácter, estás tan contento que hasta mandas un mensaje a tu ex para tomar un café con ella y ver cómo le va la vida, echas un poco de menos su sarcasmo y su buen humor en estas ocasiones.
Esta vez todo marcha bien, no hay un último giro de guión, no hay un pensamiento negativo, ni miedo, nada. Esta vez entras en el estudio, te sientas delante del ordenador y con la misma sonrisa con la que has salido de casa das al play, te tomas las nueve pastillas del tirón con un zúmo y como una persona normal te pones a currar.
Hoy parece que todo encaja que todo va a ir bien.

Porque, joder, quizá y sólo quizá, puede que todo vaya bien.