17.10.13

Efectos secundarios.

A continuación, después de la reflexión, hay una lista de los efectos secundarios de las medicinas que tomo, a lo que quiero llegar con todo esto es que en muchas ocasiones, y sin querer utilizarlo como excusa, los enfermos de larga duración nos volvemos personas apáticas, irritables, confusas, nos cuesta un poco más de lo normal hacer cualquier cosa. Además de lo que ya nos limita nuestra enfermedad, llevamos encima lo que los medicamentos que necesitamos para combatir los síntomas de lo grave, nos pueden causar.

Yo no tengo todos los efectos secundarios que aquí menciono, de hecho diría que sufro pocos de ellos, pero si que hay cosas que noto, que me hacen ser, en ocasiones, alguien que no soy.
En esos momentos en los que alzamos la voz, no podemos salir de la cama, tardamos más en reaccionar, no pensamos con claridad, en estos momentos en los que luchamos contra nosotros mismos, es cuando es aún más frustrante todo, porque al menos yo, noto como pierdo el control, como se me van algunas reacciones de las manos, veo, casi desde fuera, como cambio, como me vuelvo lento, irritable, poco razonable, o me pongo triste sin motivo. Veo cambios físicos de un día para otro, que pueden o no ser reales, y siento que no rindo todo lo que puedo, podía o debería rendir.
No es una excusa, no quiero un trato diferente, no necesito que me traten diferente, supongo que lo que no sé todavía, y ya debería saber, es lidiar con esto, llevarlo mejor y saber reconocer los momentos en los que las medicinas, la situación, se me va de las manos, sobre todo para avisar a la persona que tengo delante que sin quererlo se come estos estallidos, o estos momentos de ser más una planta que una persona que tengo.
He dejado de hablar en plural porque no sé cómo lo llevan los demás, porque de esto no suelo hablar con otros enfermos, al menos no a menudo, aunque igual debería hacerlo.
Lo peor de todas formas es la sensación de llevar un peso encima, algo que no te deja moverte a la velocidad adecuada, la sensación de no jugar en la misma liga que los demás.
No es excusa, la vida no espera a nadie y siempre tenemos que intentar ser lo mejor que podamos, aunque eso signifique conseguir alcanzar un ritmo similar a lo que éramos antes de la enfermedad y las medicinas.
Luego si no, siempre podemos ver “Quién quiere casarse con mi hijo” y ver que en el mundo hay gente que lo lleva mucho peor sin tomar nada.



Ahí van, LA LISTA, el festival, los efectos de tres de mis siete medicinas, las que tienen peores efectos.

1.

Dolor de cabeza, diarrea, acidez, gases, mayor crecimiento de vello en la cara, los brazos o la espalda (pero no en la cabeza, desgraciadamente), crecimiento de tejido adicional en las encías, acné, bochornos (además de los provocados por la estupidez inherente de la persona), temblor incontrolable de alguna parte del cuerpo, ardor u hormigueo en los brazos, manos, pies o piernas, dolor en los músculos o articulaciones, calambres, dolor o presión en la cara, problemas en el oído, agrandamiento de los senos en los hombres, depresión, dificultad para dormirse o permanecer dormido.
Estos eran los comunes, vamos con los graves y más raros:
Sangrado o moretones inusuales, piel pálida, coloración amarillenta en la piel o los ojos, convulsiones, pérdida del conocimiento, alteraciones del comportamiento o del estado de ánimo, dificultad para controlar los movimientos del cuerpo, alteraciones de la vista, confusión, sarpullido, manchas moradas en la piel, hinchazón en las manos, brazos, pies, tobillos o pantorrillas.
Estos son sólo los efectos secundarios de una de las 7 medicinas diarias. Vamos a repasar los de otra.
Osteoporosis, depresión, ansiedad, gastritis, hipertensión, ictus, hipotiroidismo, lesiones digestivas perforantes, hinchazón general, amenorrea y retinopatía, aumento del apetito, irritabilidad, insonmio, hinchazón en las extremidades inferiores, náuseas, debilidad muscular y mala cicatrización. Efectos que pueden permanecer años después del fin del tratamiento.



2.

Vómitos, diarrea, mareos, cansancio, agitación, dolor en las articulaciones, pérdida del cabello, cambios en la visión, urticarias, sarpullido, dificultad para respirar o tragar, hinchazón, ronquera, taquicardia, debilidad, palidez, insomnio, sangrado o moretones inusuales, sangrado al orinar (problemas de riñón en general), dolor de estómago o calambres, cefalea, confusión, comportamiento agresivo, dificultad para hablar, ardor o cosquilleo en brazos y piernas, incapacidad para mover partes del cuerpo, temblores, crisis convulsivas, pérdida de la conciencia.



3.


Muy raros: Diarrea acuosa, calambres de estómago y fiebre (estos son los síntomas de la infección que tratan con este antibiótico, en este caso al menos).
Convulsiones, cosquilleo, dolor o entumecimiento (neuropatía).
Raros: Erupciones graves en la piel, perdida de apetito, color amarillo en la piel y ojos y orina de color oscuro, estómago doloroso a la palpación. (Problemas hepáticos), aparición de hematomas, hipersensibilidad, hipoglucemia, alucinaciones, paranoia, cambios de opinión, depresión, inquietud, sueños anormales o pesadillas.
Vamos con el festival. FRECUENTES: Insomnio (one more time, y esto es un 3 de 3), dolor de cabeza (otro 3 de 3), infección por otras bacterias u hongos, estrés, ansiedad (mira otro repetido), confusión, nerviosismo, somnolencia, temblores, vértigo (cuando se repiten es cuando es más divertido).
Cambios en el sabor de las cosas, gases, dolor en la zona del estómago, prurito, dolor muscular o en las articulaciones, debilidad generalizada, trastornos en la vista o el oído, taquicardia, debilidad muscular (se repite también, no es que me repita yo)

Y en este caso los efectos siguen una página más del prospecto, pero son de los de 1 de cada 10.000 pacientes y no creo tener tan mala suerte.
Con esto os vais haciendo una idea.



10.10.13

Endorfinas contra la tristeza, Cabrales contra el dolor.

Es como una bola de mierda caliente y humeante latiendo dentro de ti, un nudo en la garganta, por muy típico que suene, ganas de hacer algo y no saber el qué, una sensación odiosa, pesada, gris.
Es un sentimiento opaco, no te deja pensar con claridad, no sabes reaccionar, no sé cómo reaccionar.
Da igual lo que hayas vivido anteriormente, da igual cuantas hostias te hayan dado, porque cuando una de ellas te pilla de improviso, en ayunas, despistado y quizá un poco vulnerable, la hostia te la llevas como si fuera la primera vez.
Aún no he comido hoy, sé que si como algo lo veré todo más claro, el queso da la felicidad y no es una amenaza pero tengo mucho queso en mi poder ahora mismo.
Hace que tu cuerpo parezca más pesado, tu cabeza más lenta y tú te vuelves más hostil, menos razonable. Podría matar a alguien con mis propias manos ahora mismo, pero esta sensación seguro que me haría dejarlo a la mitad porque la desidia y la tristeza siempre vienen juntas.
Me han dicho últimamente que no soy demasiado empático, que soy muy didáctico y racional cuando alguien me cuenta algo que le ha pasado, supongo que es parte porque sentimientos como este, esta tristeza extraña, me cuesta mucho compartirlos, porque casi siempre es irracional o no me creo con derecho a sentirla.
Soy una persona muy sensible, no me da miedo decirlo, los que me conocen bien lo saben, pero todos nos guardamos cosas, yo uso el blog, en ocasiones, como vía de escape de estos montones de mierda, si lo cuento aquí, si hablo de lo que siento, no tengo porque demostrarlo en persona, ya lo habrán leído los que lo tengan que haber leído.
El queso va haciendo su efecto, endorfinas contra la tristeza, cabrales contra el dolor.
Todo está un poco más claro. La sensación sigue ahí, pero ahora sabe diferente, huele diferente.


Voy a seguir comiendo, sólo quería dejar aquí un poco de mierda.

7.10.13

Isabel. Una hermana.

Tengo una hermana, bueno tengo dos hermanas y un hermano, pero hoy sólo hablaré de una de ellas, de la mayor, porque ayer fue su cumpleaños y soy un descastado y no le dije nada.
Soy un descastado y un despistado y bastante torpe.
Isabel, mi hermana, es una mujer con carácter, tanto como yo, de los cuatro hermanos podríamos decir que ella y yo siempre tenemos la culpa de lo que pasa en casa, bien porque la tengamos de verdad (ambos opinamos que pocas veces pasa) o porque discutimos casi siempre, sino como deporte, como una manera especial de comunicación, es un poco nuestro rollo, somos unos toca pelotas, ella lo negará y se estará riendo o cabreando, pero es porque tenemos convicciones fuertes y siempre tenemos razón.
Isabel es madre de tres hijos, dos niños y una niña. Tres niños brillantes, cada uno con un carácter totalmente distinto al otro, tres niños increíbles, los mejores sobrinos, en los que se reconoce la educación que les dan sus padres, sus abuelos y de vez en cuando, cuando vienen a España, sus tíos.
Mi hermana es desordenada, ella me miraría mal ahora mismo, me diría que menuda imagen doy, pero yo soy desordenado, como ella. Somos de estas personas que saben donde esta cada cosa aunque no esté en su sitio.
Nunca he hablado con Isabel directamente de algunas cosas que quiero compartir aquí, porque escribirlo es más fácil, y porque quiero que sepáis qué clase de mujer es mi hermana mayor.
Isabel estuvo lejos la primera vez que tuve leucemia, estaba dando a luz a Diego, el primero de mis sobrinos, y ella no sabe lo mucho que la eché de menos, sé que lo paso mal estando tan lejos, pero la razón era la mejor razón por la que no poder venir. Estuvo ahí, aún sin estar, eso es lo que importa al final. Sé que a mi hermana, por razones que no hace falta comentar, le dolía especialmente tener a un hermano en una situación tan grave como la mía, no me imagino el miedo que han pasado los que estaban a mi alrededor, el miedo que pasan, no me imagino el miedo que pasa ella.
Pero es esta segunda vez, en esta recaída, cuando está más presente, más encima, llamando, viniendo siempre que ha podido, quedándose en el hospital, como queriendo recuperar el tiempo perdido. No fue la única, mi madre y mis amigos me matan si no lo digo, todos me cuidaron muchísimo, pero este texto va sobre ella.
Promovió la donación de médula en su ciudad, donde no había ningún movimiento para ello, se puso en contacto con la Fundación Josep Carreras, estuvo siempre pendiente de las noticias, de otros enfermos, de darme información, me puso en contacto con los Pelones Peleones, me llamaba, me preguntaba. Muchas veces se ponía, se pone, un poco pesada “come sano”, “el ajo es buenísimo”, “he leído que las semillas de -nombre raro aquí- son buenísimas para las defensas”. Ahora me manda cosas de videos y bicis, cosas que me puedan gustar por Facebook o me lo comenta por teléfono.
La recuerdo en los días en la UCI, recuerdo poco de esos días, estaba muy drogado, pero tenerla ahí, que esta vez pudiera venir más tiempo, fue bueno, me hacía sentir bien tenerla cerca.
Me hace sentir bien cómo me mira cuando me ve fuera del hospital.
Me ayudó a tomar alguna decisión difícil, en un paseo por el río, sobre seguir o no haciendo algo que no sabía si iba a ser bueno para mí. Ella no se acordará de esto, porque no le dije lo importante que fue, pero bueno, ahí estuvo.
Soy un tipo bastante seco, no suelo dar muestras de afecto, no sé por qué soy así, pero bueno. Siempre me he sentido muy cercano a ella, no sé si lo sabe, no creo, pero creo que somos los más parecidos de los cuatro hermanos, al menos es en ella en la que veo más cosas parecidas a mi.
Quiero muchísimo a mi hermana Isabel, llevo prometiéndola que iré a Vichy a pasar unos días con ella y con mis sobrinos demasiado tiempo, y creo que el mes que viene me escapo a hacer de tio y hermano un poco.
No voy a decir la edad que tiene, porque está feo, pero hermana FELICIDADES

No te acostumbres a que diga tantas cosas buenas de ti.

Isabel no fue la única que estuvo, ni mucho menos, pero es a la que menos veo, y aunque no se lo diga, la echo de menos.

Hermana joder, ¡que te echo de menos!


24.9.13

La verdad en las palabras de un gordo pelirrojo sobre la soledad.

El otro día veía una entrevista aLouis C.K. en el programa de Conan, veía sólo un trozo que una amiga colgó en Facebook, no os penséis que busco en internet el late show de Conan para verlo todos los días. A Louis C.K. sí le veo siempre que puedo, es muy recomendable. En esta entrevista que le hacían Louis hablaba sobre los smartphones y el motivo por el que no quiere que sus hijas tengan uno, hablaba sobre la soledad, lo necesaria que es, con su tono siempre irónico, decía que los smartphones, además de negarnos la interacción humana a la hora de humillar a alguien, el ver el daño en directo que le hacemos, nos niegan la capacidad de abrazar la soledad, la certeza de que estamos solos, esa bola de tristeza y angustia que se nos hace en el estómago y nos recuerda que ser humano es precisamente eso, sentirse, de algún modo, solo.
Los smartphones no nos dejan ser, no nos dejan disfrutar de esta ola de tristeza que nuestro cuerpo contrarrestará con una oleada de felicidad.

Me he olvidado de lo que era estar solo en la habitación del hospital, aislado, de esos momentos de absoluta soledad, donde no sabía si alguien entendería lo que estaba pasando, esos momentos en los que, tumbado en la cama, con los cascos puestos, a oscuras, notaba mi cuerpo cada vez pesar más, cuando sentía que no había nada a mi alrededor, sólo oscuridad, incertidumbre y tristeza. Me he olvidado de esa sensación que venía después, cuando mi cuerpo era más pesado aún, cuando sólo el pitído de la máquina del suero se interponía en el silencio entre canciones, ese momento en el que una euforia absurda me golpeaba, en que sabía, con certeza, que todo iba a salir bien. Puede que durase sólo dos o tres minutos, pero joder, era una sensación increíble que no habría podido disfrutar si no me hubiera dejado llevar por la soledad y la tristeza.

Sé que me he olvidado de estos momentos, de esta soledad que llevamos dentro, porque he caído en el juego del smartphone, porque si estoy solo miro Twitter, hago una foto para Instagram, mando algún Line o WhatsApp, busco una interacción, que si soy sincero, no necesito.

Me he olvidado de cómo es estar solo, de enfrentarme a mis miedos con las manos metidas en los bolsillos, andando por la calle escuchando música sin pensar una gilipollez que tuitear, o ver si hay algún amigo con quien intercambiar unas palabras, o tumbado en la cama, a oscuras, sin leer, ni ver una película, sólo música, y esa sensación.
Me he olvidado y no debería haberlo hecho.

Pero es que, desgraciadamente o no, me he olvidado de muchas de las cosas que aprendí encerrado en una habitación de hospital.

Louie siempre suele tener razón.
Todos estamos solos.
Y no tiene nada de malo.


20.9.13

Incendios en La Central, una noche nueva.

Antes cuando el fuego no quemaba tanto, cuando todo era un poco más gris y los días pasaban mucho más despacio, me resultaba impensable llegar a disfrutar otra vez de cosas que estoy disfrutando hoy.
Antes, hace algunos años ya, los conciertos, las salidas, los bares, conocer gente nueva, no era nada especial, era rutina, lo que hacemos todos, por supuesto que lo disfrutaba, como el que más, pero no era nada especial, al menos no tan especial.
Ayer fui a un concierto en La Central, en el sótano, un espacio que hace las veces de bar, coctelería, sala de conciertos, se llama, en un alarde de originalidad, “El Garito”. Es una cueva pequeña con las paredes de ladrillo, tres arcos que separan los espacios, una tarima pequeña, muy pequeña como escenario, una barra estrecha al fondo de la sala y con un aforo, cómodo, para 60 personas.
Tocaban Incendios, un grupazo, escuchadlos. Son amigos de amigos, de hecho ocupo la habitación de uno de ellos que ha emigrado a EEUU en la casa a la que me acabo de ir a vivir, son de esa gente que sabes que va a pasar de vez en cuando por casa y agradeces que así sea.
Su música crea unas atmósferas complejas que crecen en el espacio y dentro de ti, con letras que provocan sensaciones e imágenes muy bien definidas, unas melodías que llenan cualquier espacio y forman paisajes, canciones que callan salas o las hacen gritar, dónde hasta los que hemos oído su disco una y otra vez, o los que ya los han visto y los conocen, se quedan callados esperando el momento de acompañar con un murmullo las potentes letras de Miguel Bellas, su cantante.
Ayer creí que iba a ser una noche normal, como cualquiera, y si lo analizáis probablemente no os parecerá nada del otro mundo, salí de casa, bebía algo vi un concierto, volví a casa. La verdad es que he hecho mil cosas desde que salí del hospital, llevo una vida casi normal, he viajado, he salido “de fiesta” alguna vez, pero ayer fue diferente.
Ayer salí, a ver un concierto, por primera vez desde que vivo otra vez en Madrid, es difícil de explicar. Supongo que es un poco como acelerar de golpe y estar más cerca del ritmo que lleváis vosotros, casi puedo estirar el brazo y tocar el hombro de los que vais delante, casi puedo beberme una copa, casi noto volver a estar en un bar, con amigos, bebiendo, riéndome, o en un festival, o en un concierto, o incluso tocando en directo.
Casi noto que todo es normal otra vez.
Supongo que la música de Incendios tiene algo que ver en todo esto, su disco salió justo cuando yo estaba descubriendo algo, a alguien, y todas las letras me recuerdan a decisiones y momentos de entonces. Letras que animan a arriesgarse, “saltar sin red y sin mirar atrás”, a esforzarse y tener fe, “porque otros han pasado por aquí”, que dicen que ahora estoy “mucho mejor, menos cansado” y con las que “sé que todo va a salir bien”.

Ayer salí, os podrá parecer una tontería, pero ayer salí.

9.9.13

Casi otoño.

Se acaba el calor, o debería al menos empezar a ser más soportable. Empieza a ser el momento en el que pueda dedicar más tiempo a curar heridas, a tratar más a fondo mis limitaciones, intentar otro año luchar contra la frustración de llevar un ritmo diferente, la mascarilla, las pastillas, el catéter, sentir que me muevo más despacio, que sólo veo vuestras nucas delante de mi, recordándome que voy tarde, que al menos sigo aquí, pero que soy el último en llegar y que aún no puedo ponerme a la altura.
Se hace más difícil cuando el imput que recibes del mundo exterior es como es, deformado, en el que todo es siempre mejor de lo que ha sido. Me cago en vuestras fotos de vacaciones, me cago en vuestros submarinismos, vuestros festivales, vuestras noches de fiesta.
Me cago en la puta vida que no puedo tener, y me cago en que a veces amargue la que tengo.
Luego se me pasa.
Se acaba el calor y se acaban las terrazas, los bares se van a llenar, la gente va a empezar a expulsar virus con cada tos, estornudo o beso, voy a empezar a ver gérmenes por todas partes, voy a empezar a tener miedo, y estoy un poco hasta los huevos de esta sensación, que poco a poco, creo, me estoy quitando de encima, pero no es fácil.
Odio el verano, odio el invierno, odio mis defensas deprimidas que me deprimen y me amargan.
Pero, siempre hay un pero, empiezan las noches en casa viendo una película, los días de cines medio vacíos a horas en las que los demás estáis trabajando, las cafeterías desconocidas con poca gente donde leer, los paseos abrigado, abrazado, agarrando su culo, los domingos por la mañana en la cama, tapado, abrazado, agarrando su culo.
Tenía la esperanza de viajar, de ir al norte, hablar otro idioma durante días, beber cerveza, ver amigos que hace años que sólo veo a través de una pantalla de ordenador, y tenía esa esperanza porque en el fondo soy imbécil, un imbécil optimista aunque vaya de lo contrario, que siempre piensa que en la próxima revisión le quitarían el catéter, alguna medicina, alguna limitación, pero no. Todo sigue, más o menos, igual.

Debería estar acostumbrado, debería ser todo más fácil, ya son casi dos años, ¿o son ya dos años? He perdido la cuenta.

No puedo evitar sentirme inferior, diferente, limitado, sentir que os movéis a un ritmo mucho más rápido que el mío.
No lo puedo evitar, pero intento hacerlo.


2.8.13

Lo que todos hemos pensado hoy en algún momento.

Viernes tarde y todos pensamos en lo mismo, ¿qué coño estoy haciendo yo aquí?.
Delante de la pantalla del ordenador, detrás de la barra de un bar atendiendo a algún gilipollas que no te va a dejar propina, en una tienda de ropa aguantando clientes estúpidos que piden tallas imposibles para ellos, por la calle de camino a casa después de currar o volviendo al turno de tarde después de comer.
Todos nos preguntamos lo mismo, todos los que aún no nos hemos metido en un horno metálico camino a la playa con el aire acondicionado a tope, no estamos esperando en Barajas, en una interminable cola de facturación o no nos relajamos en una terraza de cualquier bar que tengamos cerca, mientras nos reímos de quién sea que esté pasando por detrás de la amiga con la que hemos quedado y a la que queremos impresionar con nuestro ingenio, hiriente y odioso, con una ironía y una mala leche que lo que esconde es una inseguridad sobre compensada, casi siempre, sin motivo. Todos nosotros repetimos en nuestra cabeza una y otra vez, "¿qué coño estoy haciendo yo aquí?"
Pasan las horas despacio, hace calor, mañana es Sábado, será un día mejor, algunos tendremos que currar, pero será fin de semana, habrá un perro una mujer y buena comida, todo irá bien.
"Han caído muchos de nuestro bando", dice alguien en la canción que escucho y hoy para mi esa frase cobra muchos sentidos diferentes.
Veo muertos, literal y figuradamente, veo cerebros desconectados, fritos por el calor, cuerpos que han perdido batallas, contra sí mismos, contra enfermedades o contra impulsos incontrolables que les han llevado a una deriva física de la que salir, a determinadas alturas y edades, va a ser muy difícil.
Estoy sentado en un porche, a mi espalda se levanta un mural rojo, blanco y negro, "espacio de creación y cambio", rezan unas letras enormes que la gente lee al pasar mirando a través de mi, mientras yo me hago el despistado esperando que no me pregunten, que no se dirijan a mi, que no tengo la paciencia en su mejor momento. Hoy no quiero cruzarme con nadie conocido, hoy sólo quiero cama, un cuerpo caliente a mi lado y ya.
Una mujer pasa caminando por delante de mi, es esbelta, con unos tacones que acentúan unos gemelos y unos muslos trabajados, su culo sigue un ritmo preciso, un compás muy marcado por el paso apresurado del perro que tira de ella con un caminar nervioso hasta una de las esquinas del porche en el que estoy sentado. El pequeño chucho, un perro gris, peludo, mestizo, levanta una pata aparentemente distraído y marca con su orina una de las esquinas de hormigón gris, justo en el borde con la calle. La mujer me mira a través de sus gafas de sol y sonríe. Debe rondar los 40, bien conservada, con el pelo corto moreno, una cara con rasgos afilados y algunas arrugas no demasiado marcadas para la edad que le acabo de obligar a tener en mi cabeza. Sus labios, carnosos y con ese pequeño bulto en el labio superior que tienen algunas personas, dejan entrever unos dientes de fumadora que estropean un poco la armonía que le da al conjunto una tez bien cuidada y sin maquillar, que parece que el sol no ha tocado en años. Es una mujer atractiva y lo sabe, se siente bien en el vestido ajustado de una pieza que lleva. Le gusta pasear, ella no está pensando lo mismo que yo, ella sí sabe lo que hace aquí, está paseando su perro, su culo y sus aparentemente nuevas tetas. O eso me gusta pensar mientras la veo alejarse calle abajo y me invento una vida perfecta para ella y su perro, que he decidido se llamará Smith. 
Ella prosigue su camino, mi cabeza ya está en otro sitio, en otro perro, en otro culo, en manos de otra mujer.
Vuelvo a mi libro, miro el reloj, me quedan veinte minutos, ¿qué coño hago aquí?.
Hoy voy a salir del estudio sin pensar en nada que tenga que ver con cine documental, con finales de carrera, con edición o con una pantalla de ordenador, visor de cámara o justificación teórica. Voy a montarme en un autobús, camino a una ciudad en linea, con una mujer, un perro, una casa vacía, un parque, unos cuantos tomates ecológicos para que podamos creernos un poco superiores, más sanos, casi superhéroes, al cenar una ensalada cara justo antes de meternos en la cama. Voy a descansar, dejar que el calor me fría el cerebro, relajarme y no pensar en nada demasiado trascendental hasta mañana.
Entonces, sé que en ese momento la pregunta cambiará, por lo menos para mi y entonces dejaré de pensar "¿qué coño estoy haciendo aquí?" para tener claro que lo que estoy haciendo aquí es disfrutar de un coño. Y del verano. Y la calma. Y el amor.

Son ya las 17.30, y yo ya no pinto nada aquí.