Ya llevaba tiempo pensando en escribir algo así, algo sobre cómo está siendo para mi, de verdad, sin ironía ni bromas, la relación con los demás, la vuelta al mundo real, dónde tienes que comportarte, dónde tienes que interactuar con la gente, en sociedad.
Hay varias razones que condicionan la vuelta al mundo real, cuando has pasado tanto tiempo en una pecera, cuando sales después de que el mundo haya seguido un ritmo, que tú, aunque lo intentes, no has podido, y aún no puedes seguir.
Esto, en mi caso, ha creado una serie de reacciones y de miedos, de los que desgraciadamente y en parte por la perdida de una constante importante en mi vida, no me había dado cuenta hasta ahora.
Lo primero es que desconfío de todo y de todos. Sin malicia, ni paranoia, y sabiendo que es una sensación generada por mi mismo, y aún así inevitable.
Nada es seguro, hasta un extremo en ocasiones vertiginoso, no dudas del amor de los demás, de lo que la gente que está cerca de ti siente, porque de una manera u otra lo demuestran día a día, precisamente aguantándote. De lo que dudas es de cuánto más puedes forzar la situación, cuánto más tardarán en darse cuenta de que has cambiado, de que ahora tienes miedo a muchas cosas, a casi todas las cosas, aunque sólo sea un microsegundo cada hora, en ocasiones es aterrador.
Y qué harán cuando se den cuenta de lo asustado que estás.
De todo menos sentir pena, por favor, pena es lo último que la gente quieres que sienta por ti, la pena ajena te arrastra a un lugar mucho más oscuro, un sitio mucho peor que una UCI o la pecera de la Unidad de Transplantes, es un cuarto más pequeño, más triste, más incomunicado.
Cuándo sienten pena por ti, y lo notas, la tentación de sentirte desgraciado es demasiado fuerte, y ningún enfermo, nunca, debe permitirse eso.
En general siento que he perdido "gancho" por así decirlo, que voy más lento, que no me acerco tanto a la gente como antes, que me cuesta socializar. Me siento muchas veces fuera de lugar, como si tanto tiempo aislado hubiera capado mi capacidad de conectar con alguien por primera vez.
No he dejado de sentir lo que sentía por aquellos a los que tengo cerca, y no creo que me haya convertido en una persona huraña, sólo siento que ese "gancho" esa soltura social que siempre he tenido ya no está.
Me la dejé en el Marañón, si alguien la encuentra en un bote de residuos biológicos que no la tire.
Otro factor, quizá uno de los más molestos, es la sensación de someter a los demás a tus propias limitaciones, de que si quieren quedar contigo tienen que amoldarse a las mierdas que tú tienes que aguantar. Ir a bares con poca gente o a terrazas, no fumar delante de ti, por ejemplo. Modificas la vida de los demás y eso es una carga que poco a poco te pesa, por mucho que a la gente no le importe, y te jure y perjure que no importa, a ti te pesa cada vez un poco más.
Tu familia, tus amigos, todos los que se comprometen a seguir a tu lado, todos los que comparten tu peso, por la tiranía de algo que a ti te ha tocado vivir, todos ellos, no se lo merecen, pero ahí estás tú, y lo hacen, y no lo entiendes y te bloquea, y no sabes que sentir, y agradeces y te abrumas y entonces llega una vez más el pánico social.
Un bucle infinito, y raro, del que no terminas de salir.
Supongo que la perdida de estabilidad vital, el moverte en la incertidumbre de si todo va bien o no, la auto observación constante, hacen que magnifiques cosas que no deberías y por ello te metas en follones que no debes, pero es algo casi imposible de evitar.
Es posible que el frío me haya vuelto idiota hoy, además de haberme helado las pelotas, es lo que hay.
