24.9.13

La verdad en las palabras de un gordo pelirrojo sobre la soledad.

El otro día veía una entrevista aLouis C.K. en el programa de Conan, veía sólo un trozo que una amiga colgó en Facebook, no os penséis que busco en internet el late show de Conan para verlo todos los días. A Louis C.K. sí le veo siempre que puedo, es muy recomendable. En esta entrevista que le hacían Louis hablaba sobre los smartphones y el motivo por el que no quiere que sus hijas tengan uno, hablaba sobre la soledad, lo necesaria que es, con su tono siempre irónico, decía que los smartphones, además de negarnos la interacción humana a la hora de humillar a alguien, el ver el daño en directo que le hacemos, nos niegan la capacidad de abrazar la soledad, la certeza de que estamos solos, esa bola de tristeza y angustia que se nos hace en el estómago y nos recuerda que ser humano es precisamente eso, sentirse, de algún modo, solo.
Los smartphones no nos dejan ser, no nos dejan disfrutar de esta ola de tristeza que nuestro cuerpo contrarrestará con una oleada de felicidad.

Me he olvidado de lo que era estar solo en la habitación del hospital, aislado, de esos momentos de absoluta soledad, donde no sabía si alguien entendería lo que estaba pasando, esos momentos en los que, tumbado en la cama, con los cascos puestos, a oscuras, notaba mi cuerpo cada vez pesar más, cuando sentía que no había nada a mi alrededor, sólo oscuridad, incertidumbre y tristeza. Me he olvidado de esa sensación que venía después, cuando mi cuerpo era más pesado aún, cuando sólo el pitído de la máquina del suero se interponía en el silencio entre canciones, ese momento en el que una euforia absurda me golpeaba, en que sabía, con certeza, que todo iba a salir bien. Puede que durase sólo dos o tres minutos, pero joder, era una sensación increíble que no habría podido disfrutar si no me hubiera dejado llevar por la soledad y la tristeza.

Sé que me he olvidado de estos momentos, de esta soledad que llevamos dentro, porque he caído en el juego del smartphone, porque si estoy solo miro Twitter, hago una foto para Instagram, mando algún Line o WhatsApp, busco una interacción, que si soy sincero, no necesito.

Me he olvidado de cómo es estar solo, de enfrentarme a mis miedos con las manos metidas en los bolsillos, andando por la calle escuchando música sin pensar una gilipollez que tuitear, o ver si hay algún amigo con quien intercambiar unas palabras, o tumbado en la cama, a oscuras, sin leer, ni ver una película, sólo música, y esa sensación.
Me he olvidado y no debería haberlo hecho.

Pero es que, desgraciadamente o no, me he olvidado de muchas de las cosas que aprendí encerrado en una habitación de hospital.

Louie siempre suele tener razón.
Todos estamos solos.
Y no tiene nada de malo.


20.9.13

Incendios en La Central, una noche nueva.

Antes cuando el fuego no quemaba tanto, cuando todo era un poco más gris y los días pasaban mucho más despacio, me resultaba impensable llegar a disfrutar otra vez de cosas que estoy disfrutando hoy.
Antes, hace algunos años ya, los conciertos, las salidas, los bares, conocer gente nueva, no era nada especial, era rutina, lo que hacemos todos, por supuesto que lo disfrutaba, como el que más, pero no era nada especial, al menos no tan especial.
Ayer fui a un concierto en La Central, en el sótano, un espacio que hace las veces de bar, coctelería, sala de conciertos, se llama, en un alarde de originalidad, “El Garito”. Es una cueva pequeña con las paredes de ladrillo, tres arcos que separan los espacios, una tarima pequeña, muy pequeña como escenario, una barra estrecha al fondo de la sala y con un aforo, cómodo, para 60 personas.
Tocaban Incendios, un grupazo, escuchadlos. Son amigos de amigos, de hecho ocupo la habitación de uno de ellos que ha emigrado a EEUU en la casa a la que me acabo de ir a vivir, son de esa gente que sabes que va a pasar de vez en cuando por casa y agradeces que así sea.
Su música crea unas atmósferas complejas que crecen en el espacio y dentro de ti, con letras que provocan sensaciones e imágenes muy bien definidas, unas melodías que llenan cualquier espacio y forman paisajes, canciones que callan salas o las hacen gritar, dónde hasta los que hemos oído su disco una y otra vez, o los que ya los han visto y los conocen, se quedan callados esperando el momento de acompañar con un murmullo las potentes letras de Miguel Bellas, su cantante.
Ayer creí que iba a ser una noche normal, como cualquiera, y si lo analizáis probablemente no os parecerá nada del otro mundo, salí de casa, bebía algo vi un concierto, volví a casa. La verdad es que he hecho mil cosas desde que salí del hospital, llevo una vida casi normal, he viajado, he salido “de fiesta” alguna vez, pero ayer fue diferente.
Ayer salí, a ver un concierto, por primera vez desde que vivo otra vez en Madrid, es difícil de explicar. Supongo que es un poco como acelerar de golpe y estar más cerca del ritmo que lleváis vosotros, casi puedo estirar el brazo y tocar el hombro de los que vais delante, casi puedo beberme una copa, casi noto volver a estar en un bar, con amigos, bebiendo, riéndome, o en un festival, o en un concierto, o incluso tocando en directo.
Casi noto que todo es normal otra vez.
Supongo que la música de Incendios tiene algo que ver en todo esto, su disco salió justo cuando yo estaba descubriendo algo, a alguien, y todas las letras me recuerdan a decisiones y momentos de entonces. Letras que animan a arriesgarse, “saltar sin red y sin mirar atrás”, a esforzarse y tener fe, “porque otros han pasado por aquí”, que dicen que ahora estoy “mucho mejor, menos cansado” y con las que “sé que todo va a salir bien”.

Ayer salí, os podrá parecer una tontería, pero ayer salí.

9.9.13

Casi otoño.

Se acaba el calor, o debería al menos empezar a ser más soportable. Empieza a ser el momento en el que pueda dedicar más tiempo a curar heridas, a tratar más a fondo mis limitaciones, intentar otro año luchar contra la frustración de llevar un ritmo diferente, la mascarilla, las pastillas, el catéter, sentir que me muevo más despacio, que sólo veo vuestras nucas delante de mi, recordándome que voy tarde, que al menos sigo aquí, pero que soy el último en llegar y que aún no puedo ponerme a la altura.
Se hace más difícil cuando el imput que recibes del mundo exterior es como es, deformado, en el que todo es siempre mejor de lo que ha sido. Me cago en vuestras fotos de vacaciones, me cago en vuestros submarinismos, vuestros festivales, vuestras noches de fiesta.
Me cago en la puta vida que no puedo tener, y me cago en que a veces amargue la que tengo.
Luego se me pasa.
Se acaba el calor y se acaban las terrazas, los bares se van a llenar, la gente va a empezar a expulsar virus con cada tos, estornudo o beso, voy a empezar a ver gérmenes por todas partes, voy a empezar a tener miedo, y estoy un poco hasta los huevos de esta sensación, que poco a poco, creo, me estoy quitando de encima, pero no es fácil.
Odio el verano, odio el invierno, odio mis defensas deprimidas que me deprimen y me amargan.
Pero, siempre hay un pero, empiezan las noches en casa viendo una película, los días de cines medio vacíos a horas en las que los demás estáis trabajando, las cafeterías desconocidas con poca gente donde leer, los paseos abrigado, abrazado, agarrando su culo, los domingos por la mañana en la cama, tapado, abrazado, agarrando su culo.
Tenía la esperanza de viajar, de ir al norte, hablar otro idioma durante días, beber cerveza, ver amigos que hace años que sólo veo a través de una pantalla de ordenador, y tenía esa esperanza porque en el fondo soy imbécil, un imbécil optimista aunque vaya de lo contrario, que siempre piensa que en la próxima revisión le quitarían el catéter, alguna medicina, alguna limitación, pero no. Todo sigue, más o menos, igual.

Debería estar acostumbrado, debería ser todo más fácil, ya son casi dos años, ¿o son ya dos años? He perdido la cuenta.

No puedo evitar sentirme inferior, diferente, limitado, sentir que os movéis a un ritmo mucho más rápido que el mío.
No lo puedo evitar, pero intento hacerlo.


2.8.13

Lo que todos hemos pensado hoy en algún momento.

Viernes tarde y todos pensamos en lo mismo, ¿qué coño estoy haciendo yo aquí?.
Delante de la pantalla del ordenador, detrás de la barra de un bar atendiendo a algún gilipollas que no te va a dejar propina, en una tienda de ropa aguantando clientes estúpidos que piden tallas imposibles para ellos, por la calle de camino a casa después de currar o volviendo al turno de tarde después de comer.
Todos nos preguntamos lo mismo, todos los que aún no nos hemos metido en un horno metálico camino a la playa con el aire acondicionado a tope, no estamos esperando en Barajas, en una interminable cola de facturación o no nos relajamos en una terraza de cualquier bar que tengamos cerca, mientras nos reímos de quién sea que esté pasando por detrás de la amiga con la que hemos quedado y a la que queremos impresionar con nuestro ingenio, hiriente y odioso, con una ironía y una mala leche que lo que esconde es una inseguridad sobre compensada, casi siempre, sin motivo. Todos nosotros repetimos en nuestra cabeza una y otra vez, "¿qué coño estoy haciendo yo aquí?"
Pasan las horas despacio, hace calor, mañana es Sábado, será un día mejor, algunos tendremos que currar, pero será fin de semana, habrá un perro una mujer y buena comida, todo irá bien.
"Han caído muchos de nuestro bando", dice alguien en la canción que escucho y hoy para mi esa frase cobra muchos sentidos diferentes.
Veo muertos, literal y figuradamente, veo cerebros desconectados, fritos por el calor, cuerpos que han perdido batallas, contra sí mismos, contra enfermedades o contra impulsos incontrolables que les han llevado a una deriva física de la que salir, a determinadas alturas y edades, va a ser muy difícil.
Estoy sentado en un porche, a mi espalda se levanta un mural rojo, blanco y negro, "espacio de creación y cambio", rezan unas letras enormes que la gente lee al pasar mirando a través de mi, mientras yo me hago el despistado esperando que no me pregunten, que no se dirijan a mi, que no tengo la paciencia en su mejor momento. Hoy no quiero cruzarme con nadie conocido, hoy sólo quiero cama, un cuerpo caliente a mi lado y ya.
Una mujer pasa caminando por delante de mi, es esbelta, con unos tacones que acentúan unos gemelos y unos muslos trabajados, su culo sigue un ritmo preciso, un compás muy marcado por el paso apresurado del perro que tira de ella con un caminar nervioso hasta una de las esquinas del porche en el que estoy sentado. El pequeño chucho, un perro gris, peludo, mestizo, levanta una pata aparentemente distraído y marca con su orina una de las esquinas de hormigón gris, justo en el borde con la calle. La mujer me mira a través de sus gafas de sol y sonríe. Debe rondar los 40, bien conservada, con el pelo corto moreno, una cara con rasgos afilados y algunas arrugas no demasiado marcadas para la edad que le acabo de obligar a tener en mi cabeza. Sus labios, carnosos y con ese pequeño bulto en el labio superior que tienen algunas personas, dejan entrever unos dientes de fumadora que estropean un poco la armonía que le da al conjunto una tez bien cuidada y sin maquillar, que parece que el sol no ha tocado en años. Es una mujer atractiva y lo sabe, se siente bien en el vestido ajustado de una pieza que lleva. Le gusta pasear, ella no está pensando lo mismo que yo, ella sí sabe lo que hace aquí, está paseando su perro, su culo y sus aparentemente nuevas tetas. O eso me gusta pensar mientras la veo alejarse calle abajo y me invento una vida perfecta para ella y su perro, que he decidido se llamará Smith. 
Ella prosigue su camino, mi cabeza ya está en otro sitio, en otro perro, en otro culo, en manos de otra mujer.
Vuelvo a mi libro, miro el reloj, me quedan veinte minutos, ¿qué coño hago aquí?.
Hoy voy a salir del estudio sin pensar en nada que tenga que ver con cine documental, con finales de carrera, con edición o con una pantalla de ordenador, visor de cámara o justificación teórica. Voy a montarme en un autobús, camino a una ciudad en linea, con una mujer, un perro, una casa vacía, un parque, unos cuantos tomates ecológicos para que podamos creernos un poco superiores, más sanos, casi superhéroes, al cenar una ensalada cara justo antes de meternos en la cama. Voy a descansar, dejar que el calor me fría el cerebro, relajarme y no pensar en nada demasiado trascendental hasta mañana.
Entonces, sé que en ese momento la pregunta cambiará, por lo menos para mi y entonces dejaré de pensar "¿qué coño estoy haciendo aquí?" para tener claro que lo que estoy haciendo aquí es disfrutar de un coño. Y del verano. Y la calma. Y el amor.

Son ya las 17.30, y yo ya no pinto nada aquí.

17.7.13

Paula.

No soy muy dado a descripciones personales directas, bueno igual un poco sí, incluso a veces hago post dirigidos, pero me da la sensación de que nunca he sido tan directo como lo voy a ser esta vez.
Conocí a Paula hace unos meses, primero en la red, como un ente que me hacía mucha gracia en Twitter, ingeniosa, mordaz, divertida, llamaba la atención, a veces con tweets un poco absurdos otras veces con recomendaciones de música, ilustración o algún .gif curioso, gracias a ella además conocí Rhye, un grupazo.

Ella no me seguía al principio, me lo tuve que ganar, fue duro, pero al final vi el aviso en mi mail, "Paula te está siguiendo en Twitter", oye, me hizo ilusión qué queréis que os diga. Me cagué un poco encima. (Luego resulta, ahora que estamos juntos, que casi nunca me lee...)
Supongo que estas cosas empiezan un poco así, de ahí a mensajes directos, algún mail, yo cada vez más interesado y al final conseguimos quedar.
Fue una pasada, desde el primer día, hace ya unos meses, cuando quedamos a tomar un café y entró de golpe en mi vida. No me olvidaré nunca de su camisa, su colgante o su escote, que mire sin que ella lo notara. O eso creo.
Ella cambió muchas cosas sin saberlo, ese mismo día, me hizo verlo todo de otra manera, me hizo arriesgarme y mereció la pena.
Sin entrar en detalles ni etiquetas, sólo puedo decir que me gusta estar con ella, que la quiero, que esto que siento, lo que tenemos, es una pasada, algo que pensaba que no tendría ni sentiría por nadie. No sé, de pronto todo encaja.
Pero lo suyo es presentar a Paula, describirla, que entendáis por qué ha pasado esto, por qué me ha pasado esto.
Cuando miras a Pau lo primero en lo que te fijas, es en su sonrisa, enmarcada por su pelo corto, pelirrojo, con sus dientes brillando y dejando ver el piercing que lleva en el frenillo de la encía. Tiene unos ojos oscuros que te miran detrás de unas enormes gafas de pasta, algo rasgados y que acompañan la manera en la que ríe levantando sus cejas afiladas. 
Si continuas bajando la mirada verás un cuello esbelto donde normalmente hay algún colgante que lleva tu mirada directa a su escote, el gran escote de un pecho precioso, para que nos vamos a andar con rodeos, Paula tiene unas tetas muy bonitas. Si sigues bajando la mirada llegaras a la cintura y a la cadera, ella me miraría raro ahora, esperando a ver qué digo, lo único que os puedo contar sin que me mate es que cuando puse mis manos sobre ella por primera vez no me podía creer lo suave que era su piel, la forma preciosa que notaba con mis palmas mientras la besaba y acariciaba o cómo me gustaba notar la tela suave de la camisa en el dorso de mi mano a la vez que agarraba su cintura.
Sus muslos, su culo, sus pantorrillas, tatuadas con el estribillo de una de las canciones más importantes de mi vida, hacían que todo encajara poco a poco.
Paula es sin duda la mujer más preciosa que he tenido entre mis brazos, soy un tipo con suerte para estas cosas.
Fuera de lo físico, que no mencionaré más porque, como he dicho antes, me puede matar lentamente cuando lea esto, lo que más me llamó la atención de ella era lo propensa que es a la sonrisa, a la mirada directa, a la carcajada. Paula se sabe reír y eso no es algo que todo el mundo sepa hacer aunque parezca mentira. No sólo eso, ella es empática, inteligente, perspicaz, lista, quizá demasiado a veces, pero sobre todo es una mujer increíblemente generosa. Lo que sin duda es una de sus mayores virtudes y a la vez no. 
Paula lo da todo por los demás, se deja enmarronar, se preocupa, sufre y se hunde si alguien a quién quiere lo está pasando mal, se preocupa mucho más de los demás que de si misma y esto, estos días, le está pasando factura. Me encantaría encontrar una formula para que ella misma se vea un poco como la veo yo, como sé que la ven otros, que sea consciente de la imponente imagen que proyecta, de lo atractiva e interesante que es.

Para mi se ha convertido en un pilar, en algo importante, lleva poco tiempo en mi vida, pero de alguna manera la forma en la que ha entrado en ella, sin avisar, teniendo en cuenta todo lo que me pasa y no pidiendo nada a cambio mientras ella lo da todo, ha hecho que la necesite, que la quiera, que me enamore de ella (y yo estas palabras no las uso a la ligera). 
Paula desde el primer día comprendió todo, me ayudó más que mucha gente y aun no se como pagárselo. Lo que intento es que por mi parte todo para ella sea fácil, ser una vía de escape de los marrones que le puedan estar cayendo. Honestamente, no suelo conseguirlo y muchas veces soy un marrón más, pero estoy trabajando en mejorar mi carácter y mi situación.

Los días a su lado pasan a un ritmo diferente, siempre tengo ganas de verla, pienso en ella cuando no está, veo cosas que le gustarán y que quiero que compartamos y luego cuando al fin la veo siempre tiene algo nuevo que enseñarme. Es una de las mejores cosas de Paula, que siempre aprendo algo nuevo.


A día de hoy, no tengo claro si sabría vivir sin que ella, de alguna manera, siguiera en mi vida. 
Esto es así.

4.7.13

De la Calle del León a la Calle del Espíritu Santo.

Te levantas, has dormido poco, estás cansado, ayer el sexo se te fue de las manos una vez más y no pensaste que hoy tendrías que ir a trabajar.
Te metes en la ducha mientras ella se seca el pelo, está preciosa, no estas seguro de cuando ha salido de la cama pero crees recordar un beso y su piel húmeda dándote los buenos días.
El agua de la ducha está fría, en estos días de verano es lo mejor, en el baño se apilan distintos botes de gel y champú, esponjas de nuevos compañeros de piso, toallas húmedas, productos de belleza femeninos y cuchillas de afeitar. 
Todo es nuevo menos la sensación. Esto ya lo has hecho antes, no es la primera vez que te vas, no lo recuerdas exactamente, no es lo mismo que otras veces pero te resulta familiar. 
Una casa nueva una vez más.
Sales de la ducha y ella casi está lista, camisa blanca, con los dos últimos botones sin cerrar para que asome un poco el sujetador y la poca brisa que haya a estas horas la refresque un poco, tú lo agradeces, ese escote merece estar a la vista. Su falda corta vaquera deja ver unos muslos y unas piernas aun no oscurecidas por el sol, suaves, firmes y que terminan en unas Vans negras de lona. Es un privilegio poder verla desde el primer minuto del día, convierte lo jodido de madrugar en algo completamente diferente.
Ahora el espejo es tuyo, el catéter asoma de tu pecho, es un recordatorio constante de tu fragilidad, una fragilidad que hoy importa un poco menos, ayer todo fueron buenas noticias con tu médico y tienes un mes más de tregua, todo sigue bien. 
Te ves más delgado, más fuerte, las ojeras te las ganaste anoche a pulso, a golpe de cadera, lengua, sonrisa y bofetón, las agujetas tienen también algo que decir al respecto, pero son dolores agradecidos que te recuerdan que tu estado físico sólo va a mejor, igual que tu vida por mucho que seas un neurótico.
Terminas de vestirte, no hay tiempo para desayunar pero te da igual, bajas las escaleras de tu nuevo edificio y sales a tu nuevo barrio, que a estas horas es totalmente diferente a lo que viste ayer al llegar a casa. No quedan guiris borrachos, los bares están cerrados, sólo algún camión de reparto que atraviesa ruidoso y un par de viejos que no dejan pasar desapercibido el precioso escote de esa sonriente pelirroja con la que has salido del portal.
Esta es tu nueva rutina, podrás ir andando al trabajo, podrás despertarte algún día con ella, ya no estarás lejos de la ciudad donde pasa todo. No más coche, ni cercanías, por fin, de nuevo, tus pies y tu bici te van a llevar a cualquier parte.
Todo vuelve a empezar, después de dos años vuelves a una dinámica conocida que has echado de menos, en una ciudad a la que nunca quisiste volver y de la que ahora ya no quieres irte. Has echado un ancla o has terminado por aceptar la cadena que te pusieron al cuello y de la que ahora sólo queda un pastillero y un tubo blanco en tu pecho para recordarte todo lo que has pasado y lo que queda aún por pasar.
Cruzas Gran Via, ahora caminas sólo después de que ella se desviara hacía el metro y tú disfrutaras del espectáculo de verla caminar alejándose de ti, los tatuajes en sus gemelos siempre te hacen sonreír y ese culo no tiene precio. 
La calle Fuencarral a estas horas es incluso agradable y no ese hervidero de gente deseando gastarse dinero en el que se convertirá en unas horas. Disfrutas de tu café para llevar, poco a poco, aunque sea una mierda de cadena americana a la que juraste no volver, a estas horas, con este sueño y lo redonda que está siendo la mañana lo disfrutas. La música que suena en los cascos, la gente, sus caras de mierda en contraposición con tu sonrisa de gilipollas con la que dices a todo el mundo "joderos, mi mañana está siendo de puta madre" y la perspectiva de empezar a currar en el estudio otra vez y de una manera más regular, están terminado de ponerte de un buen humor bastante inusual en alguien con tu carácter, estás tan contento que hasta mandas un mensaje a tu ex para tomar un café con ella y ver cómo le va la vida, echas un poco de menos su sarcasmo y su buen humor en estas ocasiones.
Esta vez todo marcha bien, no hay un último giro de guión, no hay un pensamiento negativo, ni miedo, nada. Esta vez entras en el estudio, te sientas delante del ordenador y con la misma sonrisa con la que has salido de casa das al play, te tomas las nueve pastillas del tirón con un zúmo y como una persona normal te pones a currar.
Hoy parece que todo encaja que todo va a ir bien.

Porque, joder, quizá y sólo quizá, puede que todo vaya bien.

2.7.13

"Buenos días, puto gordo."

No sé si dice mucho de mi empezar un post citando a Almodovar, no soy demasiado fan de su trabajo, del primero si, "Entre tinieblas" es una locura, y de lo más reciente "Todo sobre mi madre" y "Volver" no están nada mal, pero he de admitir que me parece muy sobrevalorado. A lo que iba. Almodovar en una entrevista decía que "hay días en los que uno se levanta más gordo y más feo", tuve que darle la razón.
Hay días en los que la moral no sólo no acompaña sino que destruye todo el poco amor propio que puedes tener, sin saber exactamente si es por nervios o cansancio, o sólo porque has pisado con el pie equivocado al salir de la cama y el día se te ha torcido sin darte cuenta. 
Te miras en el espejo del baño justo antes de entrar en la ducha y sientes una pequeña lagrima descender por tu mejilla, figuradamente, que mata la poca autoestima que reservabas de lo guapo que te viste una vez, hace años. 
En este tipo de días lo que veo es un cuerpo destruido después de un largo periodo de inactividad, con un catéter asomando por el pecho, algunas cicatrices, ojeras por el cansancio y una cara derrotada que me devuelve una mirada somnolienta que parece decirme con desgana "Buenos días puto gordo, vaya pinta de mierda tienes hoy", este es el nivel de autoestima que se tiene en mañanas como estas.
La polla mas pequeña del mundo, la barba menos cuidada del país, la barriga más fea, las estrías mas horribles (os recuerdo que en el hospital tuve unos cambios de peso de 105kg cuando entre, 140kg al volver de la UCI y 80kg cuando salí, lo que peso ahora me lo voy a reservar porque es uno de esos días en los que creo que es demasiado, esos cambios de paso tan rápidos y radicales te joden la piel) unas ojeras como el cañón del Colorado, una piel enfermiza y blanquecina y un cuerpo sin tono muscular. Así me veo, así me vendo. 
Otros días tengo que admitir que me miro y lo que digo es "Joder, eres un puto dios dorado", no tengo claro si subo o bajo.
Estos días de poca autoestima cambian por completo tu manera de interactuar con el mundo, o sobrecompensas, te pones graciosillo, efusivo, nervioso, sin poder parar de hablar, o te hundes en la más absoluta miseria y tratas de pasar desapercibido.
Yo casi siempre que estoy en la víspera de una consulta, a la espera de resultados, como hoy, sin poderlo evitar, me inclino hacia pensamientos negativos, absurdos casi siempre y arrastro todo lo demás con ello.
Son días en los que no sabes si quieres estar acompañado, porque crees que eres un peñazo mientras miras a un punto perdido en la pared pensando que podrías perderlo todo en unas horas, o en los que te mueres de ganas de pasar la noche acompañado, porque podría ser la última. 
Esta manera de ver el mundo donde cada mes podría terminar todo empieza a ser agotadora.

Normalmente soy un tío bastante bueno, seguro de si mismo en algunas cosas y con toda la vida por delante, pero hoy y cada mes por lo menos un día, soy un enfermo, gordo, cansado, al que puede que sólo le queden unas pocas horas de libertad.

Así es vivir con revisiones médicas por un trasplante de médula siendo un neuras como yo.