2.5.13

Niebla.

Niebla.

Aunque hace un día soleado en Barcelona y la visibilidad general es del 100%. Aunque los conductores aceleran sin miedo para apurar las luces amarillas y las bicicletas cruzan la ciudad con ciclistas sonrientes, malditos cabrones que no saben lo envidioso que estoy ahora mismo mientras subo por Passeig de Gracia.
Por mucho que el sol haga brillar mi calva y amenace con insolación si no me pongo a resguardo pronto, o queme las pieles de los guiris que han venido a disfrutar de unos días de consumismo, destrucción de sus, por lo que a algunos respecta, ya maltrechos hígados, así como de la ciudad, y los niños jueguen, y la gente sonría y todo sea precioso. Yo lo que veo delante de mi, como casi siempre, es una espesa niebla gris que tapa el camino hacia el lugar donde me dirijo.
Veo luces, formas, oigo sonidos, retazos de un futuro posible, de algo que puede estar por venir pero que nadie asegura nunca.
Ya casi puede que me haya acostumbrado a pasear por una calle en la que voy dejando cientos de números detrás pero que parece la interminable Calle de Alcalá, al menos en dirección Ciudad Lineal cuando parece que nunca llego a mi destino y el tiempo se me hace eterno.
Oigo voces, que me avisan de que un futuro inmediato se aproxima, que no espera, y que me va a dar una buena hostia en la cara. Voy con las manos por delante, palpando, pero la hostia, como no espabile, me la voy a pegar fina.
Aun así se ha convertido en una deriva cómoda, algo extraña, con futuro y sin futuro a la vez, una situación que provoca un estado de incertidumbre que acaba siendo placentero y molesto a la vez, como un escalofrío en la nuca.
En resumen que voy un poco como pollo sin cabeza vamos.

Necesito creerme un poco la estabilidad. Supongo que es eso.

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