28.9.12

Madrid / +218 (me acabo de dar cuenta que paso del día 200, ole)

Muchas veces camino por Madrid, ciudad en la que llevo 4 años sin vivir y que está llena de cables desconectados, de temas sin cerrar, de amigos de toda la vida y otros que marcaron una época y ya no están, exnovias, sitios donde trabajé, lugares donde viví, gente con la que te cruzas que te suena y que no sabes si saludar y luego ya es tarde porque está lejos y solo ha quedado una mirada rara de "me suenas" o "coño, eres tú, pasemos de largo".
Una ciudad que en muchos aspectos creo que ha cambiado para mal, que es más hostil, que está más crispada, y en la que a su vez salen iniciativas nuevas y sorprendentes que dan un poco de luz.

Es una ciudad de médicos, de pruebas y resultados, de hospitales, de esperanza y desesperanza, de haberlo pasado como nunca, en lo bueno y en lo malo, es una ciudad que me lo ha dado y me lo ha quitado todo, y a la que irremediablemente siempre termino volviendo.
Es gris, sucia, agobiante, se te sube a la espalda y pesa, pero a la vez es luminosa, dinámica, rápida y divertida, con mil cosas que hacer siempre en cualquier parte.
Es una ciudad que respira, a veces tose como un anciano, flemas negras, otras veces estornuda como tu novia en primavera, se pone roja, preciosa y con cara de "¡vaya, el polen!" (o cualquier otra alergia) mientras sonríe y tú no sabes qué gracia tiene, pero la tiene.
Una ciudad de bares que son casas, con camareros que son hermanos y mujeres preciosas en la barra que se agarran a tu cuello y ya no te sueltan, de bocadillos de calamares y otras delicias.
Una ciudad donde has aprendido casi todo, y has olvidado casi todo.
Es en ocasiones una ciudad sin límites, sin espacio para aburrirse, y a veces un cubo negro donde no puedes respirar.
Me encanta pasear por Madrid, en días de otoño como estos, con buena música en los cascos, siempre me acabo cruzando con alguien, acompaño un poco su camino y sigo el mío, y me da tiempo a pensar mucho en todo lo que hubo.
No llego a ver un futuro aquí porque creo que el mío está en otra parte, pero Madrid tiene la facultad de hacerte sentir de Madrid, aún, como yo, habiendo nacido en Guadalajara.
En Madrid no hay casi nadie de Madrid.
Aquí compartí piso por primera vez, viví solo por primera vez, tuve mi primera relación de verdad, me desmadré, probé el alcohol, las drogas, me ingresaron en el hospital con 18 años, salí con 20 de una enfermedad, viví a tope, intentando recuperar, y de aquí salí por primera vez a vivir fuera, lejos.
En Madrid está mi familia, y eso tira mucho, familia de verdad y en muchos casos familia que tú te creas.
Muchas cosas en Madrid, muchos buenos recuerdos que se comen poco a poco a los malos.
Ahora vuelvo a vivir aquí, obligado, con ganas de irme, pero cada vez menos incómodo, me voy reconciliando con Madrid y con Alcalá de Henares (una ciudad pequeña, a 30km, donde vivo realmente).
Veo más a la gente a la que echaba de menos, hago cosas nuevas, curro, salgo, disfruto.
Entre hospitales y médicos, Madrid, con toda su hostilidad, se me está haciendo cada vez más cómoda.


Hoy además y un poco tarde, tengo que dar la más sincera y enorme enhorabuena al señor Elías, un crack que acaba de terminar la químio, y que es enorme.
Un habitante de esa ciudad pequeña donde mis padres me han dado asilo político.

Eso sí, hay dos cosas que no soporto de Madrid. El gobierno del PP y Sabina.
Lo demás, con el tiempo, se hace tolerable.

6.9.12

En tiempos de crisis / +196

En estos tiempos de crisis, en este momento incierto en el que cada mañana recibimos un hachazo directo a la garganta por la que pasan los primeros tragos de café y mordiscos de tostada.
En estos días grises, negros, en los que todo empeora a mucha más velocidad de la que nos levantamos. Sólo podemos estar seguros de algunas cosas a nuestro alrededor.
Son a estas cosas, a las anclas que nosotros mismos nos creamos, a las que debemos aferrarnos en la deriva en la que nos hemos visto irremediablemente introducidos.
Los cinco minutos más cada día al despertarnos, el sabor de nuestro café favorito, ese momento de la ducha en el que encuentras la temperatura perfecta para el agua y dejas que el chorro golpee fuerte en tu cuello mientras miras tus pies y tomas grandes decisiones.
Nuestro vino/cerveza/bebida favorita en un momento de sed absoluta.
Una paja (todos nos masturbamos no nos hagamos los puritanos a estas alturas), pero no una cualquiera, una de esas en las que decidimos hacernos el amor, tranquila, programada y reconfortante.
Un paseo en un día de sol, pero no caluroso, ni frío, de esos de ir con una chaqueta y nada más.
Un paseo de vuelta a casa borracho, pero no demasiado.
Una pedalada detrás de otra, detrás de una mujer despampanante o de un buen amigo, o con sólo la ciudad por delante.
Una canción. Casi siempre hay una canción que te saca la cabeza de debajo del agua.
Ese amigo que llama en el momento oportuno, o que esté para descargar la película que no te acordabas que querías ver una noche que has decidido quedarte en casa.
Porque, admitamoslo, ir al cine, ya no es un pequeño placer, es un poco un lujo. Aunque sigamos disfrutando de ello, cuando nuestro sueldo minimo nos lo permite, si nos lo permite.
El momento en el que abres un libro nuevo, empiezas a leer y sabes que te has enganchado. Ese "click" que te hace saber que estas perdido, y que al cerrar el libro sentirás placer y tristeza.
Un beso, una caricia, un polvazo.
El sexo en general, o en particular.
La sonrisa de tu médico al entrar en la consulta y que te diga que todo está bien.
El momento en el que ponen delante de ti tu plato favorito, el olor, el primer bocado, esa sensación de placer, el cerebro dándote caña y haciéndote feliz vía estomacal.
O simplemente las pequeñas cosas controlables, nuestros pequeños rituales de placer confesables o no y que nadie nos puede quitar.
Aunque sea un partido de fútbol, o una película de Buñuel o incluso Sálvame si es lo que te pone, aquí cada uno que disfrute con lo que sea, pero que encuentre el momento de hacerlo, que es importante.

Pueden haberte dejado sin trabajo, sin casa, sin salud, sin esperanza, que siempre, aunque sea por un momento, alguno de estos pequeños placeres, te sacan la nariz de la mierda que no te deja ver el monte. (Este dicho no es así pero ya me vale).

La cuestión es no rendirse, no dejar que te hundan del todo, que no te arrastre la impotencia, que no te venza esta panda de hijosdeputa, o esa mierda de enfermedad, o tu propia estupidez que hace que te estés viniendo abajo.

Hay que dejar de tener pequeños infartos y bajones, depresiones, y espirales de mierda, y empezar a tener pequeños orgasmos y carcajadas, sonrisas, miradas raras con cara de imbécil en medio de una conversación, o bailecitos estúpidos en la cocina con una canción a las 10.00 de la mañana, en lugar de la voz de un ministro salido de las entrañas del mismimiso Satanás dando noticias de medidas que ya se podía haber metido por su diabólico trasero.

En tiempos de crisis, de que nos llueva mierda, de IVA y de todo lo que nos están haciendo comer, lo menos que podemos hacer es no dejar que también nos roben lo bueno que tenemos y que es nuestro, porque lo hemos construido nosotros, día a día.

Mientras no dejamos de luchar, nunca debemos dejar de disfrutar.

Feliz día a todos. Mira tú que post mas optimista me ha quedado.

27.8.12

Un texto difícil de olvidar. / +187

Iba a escribir un post de puta madre, lo iba a petar, estaba seguro, tenía la inspiración en la
punta de los dedos, que corrían desbocados por el teclado.
Os hablaba de un paseo en coche ayer por la noche después de cenar con unos amigos, de lo
que me gusta Madrid de noche, casi vacía, en estos últimos días de verano, cuando por la
noche las calles son tuyas.
Decía que tenía ansia por largarme de aquí otra vez, otra vez quería irme, y otra vez os lo
contaba, que creo que son ya unas cuantas.
Comentaba que hace casi un año que todo empezó y que se me ha pasado volando. Se ha
pasado volando ahora que lo miro desde fuera, porque en su momento el tiempo caía denso y
pegajoso como el petróleo (iba a poner la miel, pero es demasiado dulce, y en ese momento el
tiempo era asqueroso e inflamable, esto igual sólo lo entiendo yo, pero ya va bien).
El post era una pasada, el que estaba escribiendo, ágil, intenso, lleno de metáforas locas e
imaginativas, de momentos graciosos, un descojone a la par que desgarrador.
Las mujeres iban a llorar y sentirse irremediablemente atraídas hacia mí, sin medida. Los
hombres me odiarían, pero en secreto admirarían mi prosa, con una sensación ambigua, pero
bonita, que iba a desafiar los límites de su masculinidad.
Después de los llantos del enfermo a los que os tengo acostumbrados, la genialidad surgía, de
cada letra, cada construcción, cada frase. Era un santo grial en una pantalla de ordenador,
blanco sobre negro para deslumbrar a los no creyentes. Era el evangelio de Cristo hecho bits,
01001100101001, un código binario que rivalizaba con el mismísimo David de Miguel Ángel.
Blogger hubiese explotado de éxtasis, estoy seguro.
Yo levitaba en mi silla de Ikea, como un santo, entregado a vosotros por un Dios desconocido
hasta el momento.
El hijo de Dios, un primo lejano del mismísimo Buda. El clon de Cristo. Satanás redimido. Todo
en uno.
Pero de pronto ha sucedido algo horrible, algo que de ninguna manera podía esperar que
pasara, al menos no tan pronto por la mañana, algo que suele pasar al menos dentro de unos
10 o 15 minutos, no hasta la hora del aperitivo.
A las 13.30 GMT, es cuando suele ocurrir. Un pequeño Apocalipsis periódico, un fin del mundo
programado.
Lo he notado en las manos, en los ojos, y sobre todo en el estómago, que con un sonido
parecido al de aquellos módems de 56k, parecía cantar una canción tribal, una llamada a la
acción.

Señores, me ha dado hambre, y pereza, y se me han quitado las ganas de escribir, y mi
maravilloso texto, que además era la solución a la crisis, no solo la de nuestro país, sino la crisis
económica, moral, cultural y religiosa del mundo entero, se ha perdido, lo he borrado.
Así, sin más. La solución a todo mal, perdida por un impulso visceral, por el sonido del jugo
gástrico en ebullición.
Así es como acaba el mundo.

Pero bueno, otra vez será.
Por mi parte voy a por unos kiwis que no ando muy fino de visitas al baño estos días.

14.8.12

El ruido y la furia / +173

Hay días en los que te despiertas con una especie de niebla en la cabeza.
Un ruido blanco que lo ocupa todo y que no te deja pensar con claridad, como si te hubieses puesto delante de los altavoces en un concierto y no consiguieses oír a quien tienes delante de ti.
Vas al baño, lavado de cara, mirada en el espejo - estas horrible por las mañanas - te lo dices a ti mismo sin mucha convicción, en los días buenos te encuentras irresistible con la legaña matutina.
Sales y vuelta al cuarto, te pesas, te pones pantalones y llegas a la cocina, demasiada gente, muchas voces, preguntas, movimiento, mas del que puedes procesar. Gruñes algo, tuestas las rebanadas de pan, preparas las medicinas y te sientas.
El ruido sigue, pero ahora lo notas a picos, subidas y bajadas de intensidad y volumen, y una sensación rara en la espalda, como ardor.
Terminas el desayuno, vuelves al cuarto, mientras piensas en lo que has soñado, lo que ha encendido la radio sin sintonizar en tu cabeza.
Lo recuerdas vagamente. Ha sido una mierda, y hace demasiado calor para dormir bien por lo que el sueño ha sido una locura de desnudez y asesinatos en piscinas paradisiacas en Leganés que no quieres recordar.
La ropa limpia en tu mano huele bien, vas hacia el baño, sin recordar que tu familia sigue en la cocina por lo que pasas en calzones por delante, y esta vez das los buenos días.
El ruido sigue.
Música en la ducha.
Agua fría, y cantas y el ruido muere un poco, pero sigue ahí, como una interferencia rara.
Limpieza de catéter, hidratación en cuerpo contra lo que pueda pasar por el EICH, mirada al espejo otra vez -estás horrible después de la ducha- te lo dices y esta vez si que no te lo crees, pareces todo un Don Drapper  calvo y con barba cuando sales de la ducha con la toalla en la cintura.
Con el ruido otra vez en la cabeza sales del baño.
Crema y gafas de sol, llaves, música, mascarilla, un libro y un paseo largo, una hora, cada mañana.
El ruido se está convirtiendo en furia, y notas como sube por tu espalda, pica, te molesta. Los recuerdos se amontonan, las ideas se entrecruzan, se ensucian unas a otras, y cada vez te enfadas mas.
La gente se pone en medio, lentos montones de grasa delante de ti que se mueven despacio como llevados por una corriente que no existe.
Odias a todo el que puedes ver.
Odias a todo el que puedes recordar.
Lo odias todo. Y de pronto te comerías un oso entero, por decir algo.
Oyes mas ruido, y no sabes por qué pero quieres gritar, notas tu corazón en las sienes, el picor que sube por tu médula espinal. Si pasa de la nuca y llega a la cabeza sabes que te va a picar todo el cuerpo.
Te sientas, pides un te, abres el libro, bebes un sorbo, odias al camarero, odias el libro y el te insípido que te estas bebiendo, la silla en la que estas sentado, el bar que has elegido, la ciudad en la que vives y te odias un poco a ti mismo por odiar.
Ya no oyes el ruido, porque el ruido eres tu, refunfuñando, -voy a ser un viejo insoportable- y esto si que te lo crees porque incluso en tus días buenos refunfuñas por casi todo.
Has perdido el zen en algún sitio, odias la palabra zen y a todos los que la usan.
Como el karma, también lo odias, y a los que hablan sobre ello.
Pones el volumen lo mas alto que puedes, y cierras los ojos detrás de las gafas de sol, respiras hondo, pareces idiota y la gente te mira raro, pero como les odias a todos todo te da un poco igual.
El ruido va desapareciendo poco a poco, con cada respiración la música suena más clara, más limpia.
El calor y el picor también se desvanecen poco a poco, notas como bajan por tu espalda, por el mismo lugar por el que han subido.
Te permites el lujo hasta de sonreír un poco. Una mujer en una mesa delante de ti, una mujer horrible en muchos sentidos que no quieres analizar, está interpretando la sonrisa como insinuación.
Pides la cuenta.
Al volver por otro camino, con otra música, sin el ruido, ni el picor, con un poco de brisa que hace que los 36º a las once de la mañana sean algo mas soportables, notas que sin el ruido, no hay picor, ni odio, ni malas ideas.
Matar a todo el mundo de manera indiscriminada es, efectivamente, una mala idea, o al menos una discutible.
Compras el pan, hablas con Paquita, Conchita y las demás "itas" de la panadería, y vuelves a ser un hombre normal, por el momento. Hasta que le gritas a tu madre o a tu hermana o al perro del vecino o a las nubes con un bastón en la mano.
Y vuelve el ruido, y la furia, y el picor y a tomar por el culo todo joder.

Y esto amigos es lo que le hace a alguien como yo tomar corticoides durante dos meses y llevar tres días sin ir al baño.

25.7.12

La locura de la diarrea y del día a día / +156

Iba a escribir algún post sobre alguna mierda graciosa que me hubiera pasado últimamente, pero he abierto el periódico esta mañana mientras me tomaba una tostada con aceite y sal.
Tenía pensado un post para esta semana sobre lo bonito que es poder conducir, pasear por Madrid, y hacer cosas de persona normal, pero he leído tweets de fascistas y gilipollas que se alegran de que Cataluña arda.
Quería contribuir a mejorar un poco mi día soltando algo de mierda disfrazada de ironía sobre preocupaciones que al final son absurdas, pero me ha dado por leerme la parte seria del Mongolia, mientras escuchaba la radio.
La he cagado.
La he cagado, como diría una amiga holandesa "big time", porque me he cagado de miedo, de miedo y de rabia, me he cagado tanto que ahora tengo una diarrea galopante que ha llevado al traste todos mis intentos de productividad fuera del ámbito socio-político-económico-catastrófico-loco-absurdo-apoteósico que estamos viviendo en manos de unos locos (hijosdeputa) que aun pareciendo que no saben lo que hacen, lo están hacinado muy bien, bien para ellos y sus seres queridos.
Mari-ano lo está clavando, clavos en nuestro ataúd y las fortunas en sus amigotes.
Miro el telediario y cuento las buenas noticias, acabo rápido, ni una. Cuento las malas, termina el telediario y aún sigo contando malas noticias que no nos han contado ellos.
Hablo con amigos, que han podido manifestarse, sin restricciones de mascarillas o catéteres, y sigo contando, y alguna buena noticia cae.
Mucha gente se esta cagando, en la puta madre que les parió, todos juntos, y cada vez más.
Yo sigo con diarrea mental, espiritual y física, porque no termino de entender bien lo que pasa.
Me cago vamos.
Me cago en ellos y un poco en nosotros, porque deberíamos hacer más.
Me cago en que la "prima de riesgo" ya no sea esa prima tan lejana y buenorra del pueblo a la que te quieres follar, y que podrías sin miedo a aberraciones genéticas dignas de líneas monárquicas o de los Lannister (vease Juego de Tronos o simplemente echen un ojo a las infantas, la semilla borbónica tiene algo especial).
Y tengo miedo de Gallardón, por primera vez en mi vida, aún habiéndolo sufrido como alcalde.
Tengo miedo del club Bildeberg, o como coño se diga.
Y me quiero ir de aquí, pero no quiero, y quiero ser autónomo algún día, pero no me dejan, y quiero arreglar mi país, y se están cagando en nosotros, como yo me cago cada dos minutos.

Y me cago en todo, y no se qué hacer.

Creo que voy a ver si me echo una siesta y sueño con una de mis "primas de riesgo" (que no tengo así que me las inventaré, quizá pueda ser un primo lejano de Natalie Portman) y al menos me levanto con una sonrisa.
O eso, o me sigo cagando, una de dos.

Se me ha ido la olla.

Culparé a la prednisona, o al gobierno, o a los mercados, o al día a día.
Quizá a la insolación de ayer.
Lo que está claro es que estamos de mierda hasta el cuello y debe ser porque no soy el único que se caga, de miedo, de rabia, de indignación, de prisa por largarse, por hacer algo.

16.7.12

Supervillano / +147

Mientras salía a la calle no podía dejar de pensar en lo que había leído en la prensa, parecía que todo subía, mientras todo bajaba, y que esa brisa que le enfriaba las mejillas empezaba a colarse por entre las nalgas al notar como el gobierno le había bajado los pantalones una vez más.
Las calles parecían más grises, el sol picaba como siempre en estos meses a medida que la mañana daba paso al mediodía, pero con cierta ausencia, como si también estuviese pensando en otra cosa. Sol estaba desierto de gente con algo de cabeza, solo visitantes descerebrados,  o con el cerebro derretido por el sol, de carnes rosadas tirando a rojas, daban algo de vida al centro de la que, por el momento, era su ciudad, o al menos la ciudad en la que residía.
Había restos esparcidos por el suelo, plástico quemado, papeles, manchas rojas, pequeñas, como gotas de momentos olvidados por quienes los tenían que mostrar, restos de una batalla que como un árbol en un bosque desierto nadie escuchó retumbar. 
Excepto los miles que estuvieron allí, aunque la mafia se empeñase en negarlo.
Siguió caminando calle arriba, sabiéndose protegido por su campo de fuerza, Delial 50+, unas zapatillas cómodas, como botas todo terreno, le abrían paso, camisa de manga larga y tejido fino y pantalón corto, mostrando las piernas que habían quedado algo mermadas pero que seguían cumpliendo su función, más o menos.
Iba distraído, así que no oía las ofertas de sexo salvaje que por un módico precio le ofrecían media docena de mujeres jóvenes a ambos lados de la calle, quizá también ayudaban a la desconexión los cascos con música de la última lista de reproducción que había hecho esa mañana. 
Eso y el primer atisbo de su plan de acción.
Desde hace unos meses lo venía pensando. Siempre que se enfundaba la mascarilla protectora, ese muro anti agentes infecciosos portátil que se acoplaba a su cara casi a la perfección -pero que empañaba sus gafas-, y que la marca 3M le proporcionaba para poder mantener una libertad relativa; algo cambiaba, al mismo ritmo que su mundo sufría una pequeña transformación.
Todo el mundo le miraba más, pero a su vez desviaba la mirada, lo que le proporcionaba unos segundos de incertidumbre dimensional: estaba sin estar.
El efecto dramático de sus peticiones era de una intensidad insostenible para los sanos a su alrededor. No existían las colas, no más esperas, siempre el primero, siempre el más rápido, siempre inocente. Y lo más importante, combinado con las gafas de sol y la gorra, el anonimato era total.
Un mundo lleno de posibilidades.
De este modo entraria en la oficina de la entidad bancaria más cercana
Con gorra y gafas era el mal encarnado, un torbellino de demandas. Pistola en mano era Dios, un Dios vengativo, pero justo. Recuperaría lo que le habían robado, lo grabaría en una cámara que llevaba colgada del pecho en un arnés, y lo difundiría, esa era la manera de recuperar lo que debía ser suyo una vez más, ya que nadie se lo iba a devolver.
Sin la gorra y las gafas, sólo con la mascarilla y mostrando la cabeza ausente de pelo, era un desvalido, un enfermo, un paria, alguien a quien los más tiernos de los corazones se inclinaban a ayudar.
De este modo robaría, sin ser visto, o al menos sin ser apercibido, se apropiaría de todo lo que quería, sin desembolsar un duro, ni un céntimo salido de su tarjeta pagaría los caprichos de los siguientes meses. Siempre en grandes superficies, siempre a aquellos que él creía lo merecían, sería un abusador, pero tenía un código moral, laxo y propio, pero justo.
Todo era perfecto. Él iba a ser su propia ley, su propio amo, gobernador y Dios, impune y embriagado por el poder de la mascarilla y el anonimato.
Hasta que el médico decidiera que el momento de respirar sin restricciones había llegado, su vida seguiría el sendero de la delincuencia.

A esto se había visto empujado.  

Pobre.



La idea de una vida condenada al delito.
Una médula donada que es un arma de doble filo.
Un rebelde con causa.
El mal encarnado.

10.7.12

Las ratas de la Barceloneta y otras cosas que tanto se echan a faltar. / +140

Y de pronto algo salta, y ya no es sólo un deseo, sino un ímpetu.


Saco el coche del taller y con una idea rondando por mi cabeza me propongo un viaje poco probable. Estamos a martes y quiero irme, necesito irme, este fin de semana a Barcelona.

Con esta premisa me dispongo a preguntar a las tres autoridades que rigen mi destino más inmediato.

La primera, el mecánico, el hombre en cuyas manos está mi medio de transporte, del cual depende la posibilidad motriz del desplazamiento.

- Bueno, aquí tiene el coche, hemos cambiado el regulador y ya va todo perfecto.
Y con una sonrisa acerca la factura a las manos de mi padre pagador, una minucia, 460 euros, nada, una tontería (suputamadremenudofacturón).
Pensando en el futuro desplazamiento, y sin pensar en la ruina personal, me lanzo a sus brazos.

- Oye, ¿cómo ves el coche para un viaje ida y vuelta a Barcelona?
Le miro con ojillos seductores, le cojo de las manos y hago morritos (que no se ven por la mascarilla). 

- Pues mira, el coche está estupendo, te puedes ir a donde quieras con él.
Dios bendito, ahora sí que estoy enamorado de este hombre.
Con el coche a punto y con mi plan de acción ya trazado, publico la noticia en Facebook (red social muy útil para algo así) buscando alguien que me salve de la ruina total del viaje en carretera. Dos grandes mujeres salen al rescate, se unen a la causa y me dan amor y compañía en lo que ya se prevé un viaje de despiporre y reconexión.
La segunda autoridad, o mejor dicho LA MÁXIMA AUTORIDAD, el señor Don Doctor, me espera el miércoles en la consulta, con mis análisis en una mano y mis sueños e ilusiones en la otra. Después de un tenso pulso que va de la siguiente manera me da el sí definitivo.

- Doctor, ¿cree que me podría ir a Barcelona este fin de semana en coche?
Estoy asustado, sudando, casi pesimista, y con los pantalones recién subidos de la rutinaria expedición médica a mi ingle. Dignidad intacta, eso sí.

- Bueno, a Barcelona y a donde tú quieras, que ya es hora de que te muevas un poco y nos dejes tranquilos. Y no te quiero ver por aquí hasta dentro de tres semanas.
Y con semejante y dulce patada en el culo, salgo de la consulta más contento que unas pascuas y con la bragueta bajada.
La tercera autoridad, la que me da sustento emocional y económico, así como un techo donde quedarme, la paterna, habla antes de que yo pregunte.

Formato guión (más o menos):


EXT DÍA / HOSPITAL GREGORIO MARAÑÓN.

Una madre y su hijo salen del hospital de la zona de Consultas Externas. Ella es rubia de unos 55 años, ojos verdes, con el físico de una joven de 40. Lleva un vestido blanco, ancho, de aspecto cómodo. Él es alto y delgado, apuesto, todo un hombre, de unos rasgos increíbles, como esculpidos en mármol, con una barba de una semana muy varonil, un poco Don Draper, pero con más estilo, algo más desgarbado. Lleva una camisa de cuadros azul que le sienta como un guante y unos tejanos largos, algo estrechos, que le marcan unas piernas de infarto. Se quita la mascarilla y mira a su madre.



HIJO
Madre, me quiero ir a Barcelona el fin de semana con A. y E. ¿Qué me dices?


La madre le mira fijamente a los ojos. Sonríe.



MADRE
Que te vayas ya de una vez que nos tienes hartos hijo mío, que eres un pesado y va a ser un descanso para tu padre y para mí.




Así pues, con las tres autoridades convencidas, el corazón a mil por hora, dos grandes mujeres en mi coche, que responde como nunca me había imaginado, y muchas muchas ganas, me he ido a Barcelona este fin de semana.
Y ha sido una pasada.


Volver a una ciudad que siento como propia, ver a una gente que siento como mi familia y respirar un aire (en ocasiones filtrado por la mascarilla) que, pese a la polución, me ha parecido más real que todo el que llevo respirando este último año. Compartir cama y besar, hablar de proyectos jugosos de trabajo, reírme de las bromas absurdas que siempre se cuelan en las conversaciones, dar abrazos, compartir momentos de emoción ajena y vivir en primera línea el grandioso final de la carrera de una de mis mejores amigas, a la que llevo viendo evolucionar desde el primer día que comimos en el comedor de la escuela creando frutas absurdas.
Y mil momentos más, comprimidos entre el jueves y el lunes y sin tiempo para verlos a todos y acompañado por alguien que lleva 13 años a mi lado y que me ha visto en los mejores y los peores momentos.
Ha sido agotador, sinceramente, sois unos pesados. Pero hay que quereros. Eso es así. Estar de nuevo donde no me había dado cuenta que quería tanto estar, me ha hecho decidir por fin, y en claro, que vuelvo, ya mismo, en cuanto mi agente de la condicional me lo permita, que me voy, que os dejo en Madrid pasando calor y frío, y me voy a tierras catalanas. Que a los de Madrid os quiero muchísimo, y os echo de menos cuando no estoy, y que a mi familia de verdad, la de sangre, siempre la llevo cerca, esté donde esté, pero que mi vida, la que tengo que montar yo mismo, con la que cuando se me pase la emoción me tendré que pelear, no siento que esté aquí.

Vamos, que me largo y que aquí os quedáis. Hoy no, mañana. Pero me voy.