16.7.12

Supervillano / +147

Mientras salía a la calle no podía dejar de pensar en lo que había leído en la prensa, parecía que todo subía, mientras todo bajaba, y que esa brisa que le enfriaba las mejillas empezaba a colarse por entre las nalgas al notar como el gobierno le había bajado los pantalones una vez más.
Las calles parecían más grises, el sol picaba como siempre en estos meses a medida que la mañana daba paso al mediodía, pero con cierta ausencia, como si también estuviese pensando en otra cosa. Sol estaba desierto de gente con algo de cabeza, solo visitantes descerebrados,  o con el cerebro derretido por el sol, de carnes rosadas tirando a rojas, daban algo de vida al centro de la que, por el momento, era su ciudad, o al menos la ciudad en la que residía.
Había restos esparcidos por el suelo, plástico quemado, papeles, manchas rojas, pequeñas, como gotas de momentos olvidados por quienes los tenían que mostrar, restos de una batalla que como un árbol en un bosque desierto nadie escuchó retumbar. 
Excepto los miles que estuvieron allí, aunque la mafia se empeñase en negarlo.
Siguió caminando calle arriba, sabiéndose protegido por su campo de fuerza, Delial 50+, unas zapatillas cómodas, como botas todo terreno, le abrían paso, camisa de manga larga y tejido fino y pantalón corto, mostrando las piernas que habían quedado algo mermadas pero que seguían cumpliendo su función, más o menos.
Iba distraído, así que no oía las ofertas de sexo salvaje que por un módico precio le ofrecían media docena de mujeres jóvenes a ambos lados de la calle, quizá también ayudaban a la desconexión los cascos con música de la última lista de reproducción que había hecho esa mañana. 
Eso y el primer atisbo de su plan de acción.
Desde hace unos meses lo venía pensando. Siempre que se enfundaba la mascarilla protectora, ese muro anti agentes infecciosos portátil que se acoplaba a su cara casi a la perfección -pero que empañaba sus gafas-, y que la marca 3M le proporcionaba para poder mantener una libertad relativa; algo cambiaba, al mismo ritmo que su mundo sufría una pequeña transformación.
Todo el mundo le miraba más, pero a su vez desviaba la mirada, lo que le proporcionaba unos segundos de incertidumbre dimensional: estaba sin estar.
El efecto dramático de sus peticiones era de una intensidad insostenible para los sanos a su alrededor. No existían las colas, no más esperas, siempre el primero, siempre el más rápido, siempre inocente. Y lo más importante, combinado con las gafas de sol y la gorra, el anonimato era total.
Un mundo lleno de posibilidades.
De este modo entraria en la oficina de la entidad bancaria más cercana
Con gorra y gafas era el mal encarnado, un torbellino de demandas. Pistola en mano era Dios, un Dios vengativo, pero justo. Recuperaría lo que le habían robado, lo grabaría en una cámara que llevaba colgada del pecho en un arnés, y lo difundiría, esa era la manera de recuperar lo que debía ser suyo una vez más, ya que nadie se lo iba a devolver.
Sin la gorra y las gafas, sólo con la mascarilla y mostrando la cabeza ausente de pelo, era un desvalido, un enfermo, un paria, alguien a quien los más tiernos de los corazones se inclinaban a ayudar.
De este modo robaría, sin ser visto, o al menos sin ser apercibido, se apropiaría de todo lo que quería, sin desembolsar un duro, ni un céntimo salido de su tarjeta pagaría los caprichos de los siguientes meses. Siempre en grandes superficies, siempre a aquellos que él creía lo merecían, sería un abusador, pero tenía un código moral, laxo y propio, pero justo.
Todo era perfecto. Él iba a ser su propia ley, su propio amo, gobernador y Dios, impune y embriagado por el poder de la mascarilla y el anonimato.
Hasta que el médico decidiera que el momento de respirar sin restricciones había llegado, su vida seguiría el sendero de la delincuencia.

A esto se había visto empujado.  

Pobre.



La idea de una vida condenada al delito.
Una médula donada que es un arma de doble filo.
Un rebelde con causa.
El mal encarnado.

10.7.12

Las ratas de la Barceloneta y otras cosas que tanto se echan a faltar. / +140

Y de pronto algo salta, y ya no es sólo un deseo, sino un ímpetu.


Saco el coche del taller y con una idea rondando por mi cabeza me propongo un viaje poco probable. Estamos a martes y quiero irme, necesito irme, este fin de semana a Barcelona.

Con esta premisa me dispongo a preguntar a las tres autoridades que rigen mi destino más inmediato.

La primera, el mecánico, el hombre en cuyas manos está mi medio de transporte, del cual depende la posibilidad motriz del desplazamiento.

- Bueno, aquí tiene el coche, hemos cambiado el regulador y ya va todo perfecto.
Y con una sonrisa acerca la factura a las manos de mi padre pagador, una minucia, 460 euros, nada, una tontería (suputamadremenudofacturón).
Pensando en el futuro desplazamiento, y sin pensar en la ruina personal, me lanzo a sus brazos.

- Oye, ¿cómo ves el coche para un viaje ida y vuelta a Barcelona?
Le miro con ojillos seductores, le cojo de las manos y hago morritos (que no se ven por la mascarilla). 

- Pues mira, el coche está estupendo, te puedes ir a donde quieras con él.
Dios bendito, ahora sí que estoy enamorado de este hombre.
Con el coche a punto y con mi plan de acción ya trazado, publico la noticia en Facebook (red social muy útil para algo así) buscando alguien que me salve de la ruina total del viaje en carretera. Dos grandes mujeres salen al rescate, se unen a la causa y me dan amor y compañía en lo que ya se prevé un viaje de despiporre y reconexión.
La segunda autoridad, o mejor dicho LA MÁXIMA AUTORIDAD, el señor Don Doctor, me espera el miércoles en la consulta, con mis análisis en una mano y mis sueños e ilusiones en la otra. Después de un tenso pulso que va de la siguiente manera me da el sí definitivo.

- Doctor, ¿cree que me podría ir a Barcelona este fin de semana en coche?
Estoy asustado, sudando, casi pesimista, y con los pantalones recién subidos de la rutinaria expedición médica a mi ingle. Dignidad intacta, eso sí.

- Bueno, a Barcelona y a donde tú quieras, que ya es hora de que te muevas un poco y nos dejes tranquilos. Y no te quiero ver por aquí hasta dentro de tres semanas.
Y con semejante y dulce patada en el culo, salgo de la consulta más contento que unas pascuas y con la bragueta bajada.
La tercera autoridad, la que me da sustento emocional y económico, así como un techo donde quedarme, la paterna, habla antes de que yo pregunte.

Formato guión (más o menos):


EXT DÍA / HOSPITAL GREGORIO MARAÑÓN.

Una madre y su hijo salen del hospital de la zona de Consultas Externas. Ella es rubia de unos 55 años, ojos verdes, con el físico de una joven de 40. Lleva un vestido blanco, ancho, de aspecto cómodo. Él es alto y delgado, apuesto, todo un hombre, de unos rasgos increíbles, como esculpidos en mármol, con una barba de una semana muy varonil, un poco Don Draper, pero con más estilo, algo más desgarbado. Lleva una camisa de cuadros azul que le sienta como un guante y unos tejanos largos, algo estrechos, que le marcan unas piernas de infarto. Se quita la mascarilla y mira a su madre.



HIJO
Madre, me quiero ir a Barcelona el fin de semana con A. y E. ¿Qué me dices?


La madre le mira fijamente a los ojos. Sonríe.



MADRE
Que te vayas ya de una vez que nos tienes hartos hijo mío, que eres un pesado y va a ser un descanso para tu padre y para mí.




Así pues, con las tres autoridades convencidas, el corazón a mil por hora, dos grandes mujeres en mi coche, que responde como nunca me había imaginado, y muchas muchas ganas, me he ido a Barcelona este fin de semana.
Y ha sido una pasada.


Volver a una ciudad que siento como propia, ver a una gente que siento como mi familia y respirar un aire (en ocasiones filtrado por la mascarilla) que, pese a la polución, me ha parecido más real que todo el que llevo respirando este último año. Compartir cama y besar, hablar de proyectos jugosos de trabajo, reírme de las bromas absurdas que siempre se cuelan en las conversaciones, dar abrazos, compartir momentos de emoción ajena y vivir en primera línea el grandioso final de la carrera de una de mis mejores amigas, a la que llevo viendo evolucionar desde el primer día que comimos en el comedor de la escuela creando frutas absurdas.
Y mil momentos más, comprimidos entre el jueves y el lunes y sin tiempo para verlos a todos y acompañado por alguien que lleva 13 años a mi lado y que me ha visto en los mejores y los peores momentos.
Ha sido agotador, sinceramente, sois unos pesados. Pero hay que quereros. Eso es así. Estar de nuevo donde no me había dado cuenta que quería tanto estar, me ha hecho decidir por fin, y en claro, que vuelvo, ya mismo, en cuanto mi agente de la condicional me lo permita, que me voy, que os dejo en Madrid pasando calor y frío, y me voy a tierras catalanas. Que a los de Madrid os quiero muchísimo, y os echo de menos cuando no estoy, y que a mi familia de verdad, la de sangre, siempre la llevo cerca, esté donde esté, pero que mi vida, la que tengo que montar yo mismo, con la que cuando se me pase la emoción me tendré que pelear, no siento que esté aquí.

Vamos, que me largo y que aquí os quedáis. Hoy no, mañana. Pero me voy.






3.7.12

Lidiando con la frustración. / +133

Lo peor de todo, lo mas molesto sin duda cuando uno ya esta suficientemente fuerte como para ser mas consciente de lo que le rodea que de si mismo, es la puta sensación de todo lo que te estas perdiendo.
Eso es así.
Dejas de mirarte tu ombligo enfermo, porque el miedo y la hipocondría por fin despejan, y empiezas a mirar hacia afuera con mas ganas que antes, con menos barreras visibles, o al menos perceptibles.
Ves los conciertos, las playas de noche y los bosques de día, las ciudades llenas de amigos que aun no has podido abrazar, los labios de una mujer que no puedes besar, viajes en carretera, bosques donde perderte, caminos por donde correr, una bici que montar...
Y ves que todavía no alcanzas.
Te aproximas poco a poco a todo ello, con calma, porque sigues siendo un caso especial, porque tienes que tener cuidado y porque como si de una bola de hierro (de esas de preso de película antigua) se tratase, la crema de sol, el limpia-manos, mascarilla y pastillero, descansan en tu bolsa de mano, pesando cada día un poco mas.
Pensabas que te acostumbrarías, pero ocurre todo lo contrario, cada día molestan mas, te impacientas.
Pero cada día estas mas cerca de no necesitarlo, siempre hay que mirar el lado bueno.
Un catéter (Hickman) impide la inmersión en aguas compartidas, por lo que cada vez que piensas en rios, lagos, mares o piscinas algo pica en tu pecho, y si piensas en la playa, bueno, todo tu cuerpo pica.
Aunque personalmente yo siempre fui mas de río.
Cervezas que no bebes, gazpachos que no tomas, como ejemplos de alimentación veraniega que este año ha sido suprimida.
Cerveza, pan tomaca y gazpacho/salmorejo, esa era mi dieta básica en verano, todo salud.
La dieta de un hombre.

Si sólo piensas en esto, la frustración, que es una fuerza poderosa en ocasiones, desestabilizadora y algo cabrona, se apodera de la situación y con el apoyo de alguna de las medicinas (los corticoides son muy puñeteros para según que cosas) te hacen una persona caprichosa y volátil, un ser retorcido e inaguantable, con mal genio y mucha mucha mala baba.
Como uno de los actuales ministros de trabajo o educación  "on the loose" (desatado) para que me entendáis.
He estado leyendo la prensa en lo que acababa el post, tenia que comentar algo.

Por eso la solución esta en mirar atrás una vez mas, hacer una mirada de camaleón, bidireccional, mirar a lo pronto que podrás hacer todo si todo sigue bien, y sobre todo mirar que hace 5 meses no podías hacer nada.
Eso es lo único que te salva de sumirte en la miseria de la frustración. Que es un asco.

Pues eso, con un ojo mirando a Madrid y con el otro a Barcelona, aquí os dejo disfrutando del sol.

Una prueba gráfica de la mirada camaleónica rara.
Una ligera desviación ocular, la idea de la locura en cada parpadeo, 
el desconcierto.

26.6.12

La herida abierta. El cerebro partido. / +126

Llevo siendo más o menos racional, algo calculador pero flexible, los últimos años de mi vida. Digo los últimos porque no quiero preguntar a mi familia y amigos si lo soy o no, o cuando me convertí en ello, porque seguro que luego no lo soy y me joden el post.

Volviendo al asunto: racional y calculador a medias, nada hipocondríaco, sólo precavido. Hasta que tengo una herida en un lugar que veo mucho, uno de esos lugares que cada dos por tres los tienes delante, y la herida tiene puntos, y piel injertada y una evolución lenta, y yo estoy fuera del hospital. Ahí entro en el concepto de "caída sin red en el terror más absoluto".
He estado controladísimo por enfermeras y médicos y ahora me han dejado mirando al mar y sólo les veo cada semana o cada dos. Hasta ahí llega mi excusa-explicación.

Y mi cerebro racional me dice:
-El médico lo acaba de ver esta mañana en la consulta y te ha dicho que todo va bien, que es normal la evolución, que vengas LA SEMANA QUE VIENE.- Y creo a mi cerebro racional.

Entonces algo duele cerca de la herida, no la herida en sí, la herida está igual, más o menos porque yo veo algo diferente, pero esencialmente, está igual, más o menos.

-Uff, esto está cambiando mucho, mira que te han quitado la medicina del herpes, y si esos puntitos que parecen nuevos… -Y mirando a mi cerebro hipocondríaco y desbocado por el concepto anteriormente citado de "caída sin red" a los ojos (es humanamente posible esto, si lo intentáis lo veréis) le digo "No me jodas, podría ser, ¿qué coño hacemos?"

-Podemos esperar a ver, no te preocupes, lo miramos mañana y si ha empeorado de verdad pues ya tomamos cartas en el asunto.- El cerebro calculador, pero flexible, entra en acción.

A todo esto mi cara va cambiando de expresión, mis labios se mueven solos sin emitir sonido mientras miran el trozo de piel ajena, la estampa de la locura. Menos mal que el lugar es medio íntimo y para andar con estos monólogos interiores a tres o cuatro bandas (si me permitís la contradicción) suelo tener que estar solo.

-A ver, colegas, esta mañana, hace 9 horas, durante las cuales hemos andado como mucho un km, meado en un baño, que aunque no fuese el del hogar estaba limpio como una patena, el resto del tiempo nos lo hemos pasado sentados haciendo nada, NA-DA, no ha podido pasar nada. De verdad, tenemos las defensas bien, estamos cubiertos, tomamos muchos antibióticos, relax.
-Un baño que no era el de casa, andar más, madre mía, el injerto se ha infectado y se va a desprender. Ya veréis.
-Dadle un día o dos, el lunes hay análisis, podemos acercarnos a que el doctor le eche otro ojo, que nos ha dicho que pasemos cuando queramos.
-No me jodas.
-Nos vamos a morir.
-Quizá pero no hoy.
-No me jodas.
Y eso, que fuera hace sol, que se está genial en la calle y yo estoy aquí mirándome una herida, huyendo al baño, lavándome las manos, tomándomelo con calma, entrando en pánico, haciendo planes médicos, saliendo del baño, volviendo a entrar, en un ciclo sin fin.
Lo que comúnmente se llama "caer en barrena".
Esto es lo que pasa cuando has pasado mucho tiempo metido en un hospital y ya de antes tenías problemas mentales graves, el síndrome de "caída sin red en el terror más absoluto".

Y ahora la explicación que igual alguno se perdió entre tanta conversación conmigo mismo.
En el hospital, mi estancia estaba prevista, si todo iba como debe ir en estos casos, sólo hasta el día +30 después del trasplante, más o menos, pero una bacteria decidió alterar el orden natural de los acontecimientos. Lo he contado antes, pero si leéis el resumen os lo ahorráis.
La puta bacteria entró en mí por una heridita insignificante y prácticamente invisible en la ingle, un lugar estupendo donde meterse, me infectó muy rápido la zona y se comió, literalmente, toda la capa superficial de piel, como si me hubiese quemado gravemente, así que me pusieron un injerto de otra persona, ya os hablaré de ella que tiene tela también.
Por eso, cada vez que ando, noto la herida, cada vez que me visto la veo, cada vez que voy al baño, y voy mucho porque me obligan a beber mas de 3 litros de agua al día, la veo, y ella me mira, con ojitos, con ternura de piel nueva, y no lo puedo evitar, caigo en el bucle otra vez.

Así que igual estoy bien, o estoy perdiendo la piel, o se caerá la pierna, o mañana veremos, o el lunes me dirán, o mañana voy a urgencias, o vienen a por mí en ambulancia, o se me pasa la tontería porque todo va bien, o no, o no sé.

Ahora que lo pienso tengo un par de amigas enfermeras, igual las llamo, o no.

18.6.12

El trato hacia los demás / +118

Hay algo a lo que aún no me acostumbro, no es la primera vez que salgo de un hospital (ni que saliese de uno todos los días, que dramón).
Hace 7 años, cuando pasó todo la primera vez me resultaba igual de extraño que ahora, así que supongo que es algo que siempre resulta desconcertante.
El trato de las personas hacia el enfermo reciente, se me hace raro, no raro-mal, solo raro.
Es una mezcla de delicadeza, empatía, cuidado, interés moderado, vergüenza.
Y claro, tú, el enfermo, que estas fuera y lo has visto todo desde tu perspectiva y ahora estás féliz, piensas -pobre, si tampoco ha sido para tanto, no tengas cuidado- y lo dices, y no te creen.
Y es que, sinceramente, ha sido y es una mierda, pero oye, que estamos fuera, que te puedes soltar, que a mi hablar del pus y de las nauseas no me importa (si quieres detalles escabrosos) pero hace un día estupendo y si quieres obviar el tema no me va a importar tampoco, pero bueno al final pasa el primer impacto y ya cuando la gente te ve bien la cosa tira de maravilla.

Siempre defiendo lo diferentes que somos todos los pacientes, habrá a los que les encanta quejarse de lo mal que lo pasan, estos, de antemano ya os digo que lo llevan mal y que van a sufrir mas de lo que deberían, otra cosa es quejarse con gracia, eso tiene su punto. La queja irónica, esa queja rara que descolora al oyente -lo mejor del hospital es que te limpien el culo, yo, manos limpias-.
Hablo desde mi punto de vista con todo esto, que no se me enfade nadie.

Ahora en serio, los que lo han superado son gente optimista y féliz, casi siempre, tratadlos así, ese es mi consejo.
Los que lo estamos superando, la mayoría, somos unos zumbaos, por lo del pie dentro y el pie fuera, por lo que el cuidado al principio se hace raro, pero no raro-malo, así que aunque aquí ande quejándome de ello, no está mal aquello del cariño y estas cosas sensibles.
Algún mordisco he dado en lugar de una sonrisa cuando debería haber tenido yo más cuidado. El stress, o la mala leche, o los corticoides, o ganas de bufar, yo que sé.

Otra cosa es cuando tratas con alguien que ha perdido a un ser querido, sobre todo si es por la enfermedad que tú estas superando, esto me rompe del todo, yo aquí nunca se que hacer, me enfrento fatal a la muerte ajena, me bloquea, totalmente.
Es como si mis órganos se congelasen y me pudiese mover, no se qué decir, ni siquiera cómo mirar.
Soy tan delicado como un elefante en una chatarrería, por eso, no sé ni que escribir aquí sobre ello. Ya me he bloqueado.

No me puedo ni imaginar lo que hubiera sido para mis padres o mis hermanos si me hubiese pasado algo, para mi abuela, no sé. Simplemente no lo sé.

Se me ha torcido el post aquí. Huyo y así se queda
Que raro todo.

8.6.12

El precio de una barra de pan. /+108

Ayer tomé mi primera responsabilidad como nuevo habitante de la casa de mis padres, una grandísima responsabilidad en esta casa.
El pan por las mañanas es cosa mía.
Yo les traeré el pan de cada día. Yo, con mis manos. Hay que empezar a pagar la deuda de gratitud para con mis progenitores.
Así que dinámico, dispuesto, con la ropa que me queda como nunca -oye, que sí, que lo de los 20 kg menos te deja un tipín veraniego fino fino -, protegido del sol todo lo que puedo: gorra, manga larga, crema en las piernas, gafas de sol para molar.
Todo a las 9.00 de la mañana en un barrio de Alcalá de Henares dónde aún no hay un alma a pie.
El sol, a cualquier hora, es bastante malo para alguien que haya pasado por quimioterapia, va a ser un verano sombrío éste... Comienzo a caminar, todo bien, la panadería está a unos 300 metros, así que ida y vuelta son sólo 600, sin cuestas, pan comido. 100 metros, vamos bien.
200 metros, ahí está, casi el 50% completado, me duele un poco el pie derecho, sigamos, llevo música de superación en los cascos, puedo con todo.
Panadería, modo mascarilla ON (había un fiestón de marujas hablando de un futuro corte de agua en el barrio, me asusté).
-Hola buenos días, ¿la última?- Me quito la gorra y las gafas de sol, saludo con la cabeza.
-Soy yo, pero ya estoy, joven.
Mirada rara de todas, silencio sepulcral. Me quedo unos pocos segundos más parado de lo necesario, una anciana, me coge del brazo, me acerca al mostrador, me mira. Por hoy la llamaremos Paquita.
-Ay, los jóvenes, qué poco os cuidáis. Anda majo, pide.
Perplejo.
-Gracias, mu... muchas gracias.
Sonríe.
-Me da una barra de leña, bien cocida, por favor.
-Aquí tienes, son 85 céntimos.
Saco cartera, abro monedero, miro dentro: 50 céntimos, solitarios, mirándome, los miro, me miran otra vez, la moneda ríe: “A ver cómo sales de ésta con lo colorao que ya estás majo” parece que piensa el metal.
-Puuuuuuuues me temo que sólo tengo 50 céntimos, ¿te puedo dar el resto mañana?
En ese momento, murmullos, gritos, alaridos, risas, y sonidos de miles, millones de monederos que se abren a la vez, un click elevado al infinito, y monedas en el mostrador de 10, 20, 1000 céntimos.
Risas.
Reúno los 85 de aquella lluvia destinada como poco a un rescate financiero digno de un banco. Y doy unas efusivas gracias, me quedo con la cara de las donantes (me donan de todo últimamente, soy un hombre muy afortunado).
Una me planta besazo en un recoveco libre de mascarilla.
-¡De nada guapo!- A ésta la llamaremos Conchita, para futuras referencias.
Me doy la vuelta, me despido emocionado, salgo andando, moral alta, esperanza por la humanidad muy arriba, vergüenza muy muy presente.
100 metros, con barra de pan, me duele el otro pie.
200 metros, ¡coño!, los gemelos.
300 metros, el Hogar, así, con mayúscula.
Me veo desde fuera y me doy cuenta de que voy andando así, más o menos, como el señor de la imagen pero en estampa de verano, atiendan: camisa de cuadros, gorra, gafas de sol, mascarilla aún en modo ON de lo deslocalizado que me encuentro después del momento panadería, y andares tontos.

El rey del barrio oye. Todo en media hora y una barra de pan de leña.

La imagen, de los grandisimos Monty Python."Ministerio de andares absurdos" de la serie Flying Circus
y el video también, ale.











4.6.12

Salida. / +104


Escuchense esto mientras leen que les ha quedado a The Shins muy bonito.


 


Salgo del hospital, mascarilla, gorra, gafas, nada a merced del sol.
Sonda a cuestas, paso de todo menos firme, 20kilos de peso se me han caído por el camino, un trozo de mi propia piel, algunos temores, rencores, miedos, mucha reflexión, y ni una sola célula del cáncer que me metió dentro.
He andado poco estos meses, pero veo que he recorrido mucho, se hace raro.
Miro hacia delante, futuro sin planes cerrados, no puedo, no me dejan, inseguridad y seguridad entremezcladas, es complicado de explicar, hay que llenar vacíos, buscar caminos recomponer mil cosas, poco a poco.
Han pasado, de verdad, muchas cosas, el espacio-tiempo es relativo, digan lo que digan, llevo desde Octubre en tratamiento, desde Febrero transplantado, es Junio, y a días me parece que ha pasado un siglo, en ocasiones creo que todo fue ayer.
Con todo noto mis piernas caminar el primer paso fuera del hospital, no es la primera vez que salgo, y seguro que volveré por alguna pijada de infección o lo que sea, que es lo normal, pero esta vez se nota diferente, no sé, hay algo diferente.
El aire me roza las partes descubiertas de la cara, las manos, llevo pantalón corto, lo noto en los pocos pelos que van saliendo tímidos después de la gran caída de la quimio, es una sensación única.

Me voy a casa, a la de mis padres, que volverá a ser mía en unos días, con la médula limpia, buenas cifras en sangre, sólo unos pocos días más de sonda y con un cambio definitivo de tendencia, hospital solo si infección o complicaciones del injerto contra huesped, análisis y consulta, mucho más que llevadero.
En breve deporte.
Amigos en terrazas de bar.
Salidas al campo.
Algún viaje en coche.
Proyecto de final de carrera.
Algún viaje en avión.

VIDA,

Que bien todo joder. (Que raro este optimismo mío de hoy)